miércoles 5 de agosto de 2009

De no creer

“No creo en la leche”, me dijo el muy atrevido. Empecé a preocuparme. Quizá debería ver si tiene fiebre, pensé, debe estar alucinando. A lo mejor son esas ideas locas que le meten los amigos. Ya los voy a agarrar, sinvergüenzas, andar metiendo esas locuras a inocentes. Seguro que se habrá juntado con esos… No lo puedo creer, qué voy a hacer con este chico. Si sigue así, dentro de poco ¿qué me va decir? Que no cree en el aire, que él no respira, que no existimos. Habrase visto… Cómo me va a venir con esas cosas… Yo le dije al Tito “El nene no me toma la leche, dice que no cree en la leche”. Se me quedó mirando y me dijo que tenía que ir al siquiatra. Yo no entiendo esas cosas. Le voy a decir a mi nene, pero si no cree en la leche, menos va a creer en los siquiatras. Ay, qué voy a hacer… Qué voy a hacer… Si le doy la chocolatada no me va a creer. Me dice que es una postura de vida, que él no puede aceptar la existencia de un líquido de tal calaña. Ma qué postura de vida ni qué ocho cuartos, "nene, tomate la leche y dejá de romper". Pero no cree, Aurora, el nene no me cree en la leche. Dice que la vaca no da la leche. Dice que es una ilusión. Ya no sé qué hacer con este nene. Y lo único que me falta es que me aparezca con un tercer ojo, una túnica naranja y un día me diga “Mamá me voy al medio de la montaña a hacer un retiro espiritual”. Y ahí qué hago, ¿eh? Dígame, Aurora, qué hago. Lo pierdo para siempre. Después de todo lo que yo hice por el nene. Las veces que me levanté a mitad de la noche para taparle los pies, porque no sabe lo que el nene se mueve cuando duerme. Lo que lo cuidé cuando le agarraban los ataques de asma en el medio de la calle. Usted no sabe. Y ahora esto. El señorito no se toma la leche: no cree en la leche. Después de la buena educación que le di, las veces que le dije “Nene andá a hacer la tarea” y él que protestaba y pataleaba, hasta que se sentaba a la mesa, abría el cuaderno y yo le preparaba esos bizcochos que a él tanto le gustaban, mi nene querido, qué te hicieron. Pero te digo, Aurora, que son esos amigos bravos que tiene. No sé de dónde los sacó. Yo voy a ir a hablar con la maestra, a ver qué me dice, a ver cómo se comportan en clase. La otra vez vinieron a casa a jugar, a la tarde, después de la escuela. Calladitos, eran. Educados. “Sí, señora”, “No, señora” los hubiera visto Aurora, unos señoritos. Les serví la leche con unas galletas. Una receta que heredé de la Nona, Dios la tenga en la gloria. Una receta de años. Y a que no sabés, a que no te imaginás. Yo estaba viendo ese programa que miro a la tarde, te das cuenta de cuál te hablo, ese que empieza a las cuatro, y les puse esos dibujos que miran todos los chicos, que los tiene embobados. “No miramos tele, señora”, me dijeron. Y me dejaron el plato lleno, ni probaron las galletas de la nona. Y de la leche mejor ni hablo porque me sube la presión. No, no, si esto me huele mal. A leche rancia. Y pero si ahora vienen así los chicos. Uno les da todo y le salen así, ingratos. Les van a pasar por arriba. De no creer. Yo todavía estaba asustada de que me saliera ateo; a lo sumo, anarquista. Pero, ¿la leche? Estos críos son increíbles. ¿Qué tomaban del pecho cuando recién nacieron? No habrá sido gaseosa... Aunque para que anden pensando esas cosas, quién sabe qué madre rara habrán tenido. Y ahora le andan revoloteando alrededor a mi Franquito, él es tan ingenuo, se deja comprar con cualquier gansada. Pero qué le voy a decir, no puedo convencerlo de que crea en la leche. Mire, Aurora, ¿usted qué haría en mi lugar? Yo ya estoy pensando en decirle al Miguel que lo faje a ver si aprende por las malas, pero no va a empezar a creer en la leche por una paliza. Y le digo más, Aurora, la gente ya empieza a decir. Ya ahora que se vino el calor y la gente está en la puerta , o apoyada en la rejita, empieza a decir, vio. El otro día, lunes creo que fue, venía yo del almacén con dos sachés de leche y en esas me cruzo a Doña Carola, que venía del brazo con Filiberta, hablando; y se me quedan mirando calladas se me quedan mirando, y cuando ven la bolsa se me ríen entre dientes. Y a mí me cuentan lo que dice, el muchacho de la esquina me cuenta, que andan diciendo que el nene me salió satánico, que es comunista, y qué sé yo cuántas barbaridades más que usted no se da una idea. Yo ya no sé qué hacer, Aurora, este chico me hizo el hazmerreír del barrio, al Jorge lo gastan en el trabajo me cuenta, yo ya no sé qué hacer. Este domingo lo trato de llevar a la Iglesia a ver si el Padrecito me lo puede corregir. Pero me cuesta creer que esto sea una de esas cosas que se solucionan con un poco de agua bendita, sin ofender, que yo soy más católica que la Virgen. ¿Sabe qué pasa Aurora, quiere que me sincere? Porque yo soy ninguna sonsa. Así como me ve, yo era la mejor de la clase. Me dieron diploma de honor. Todavía tengo la medalla guardada en la mesita de luz, con la que me dio mamá cuando cumplí los quince. Por eso le digo que me escuche Aurora y me diga qué piensa, porque yo ya no puedo más así. No doy más. Es que Franquito siempre fue muy especial. De chico otros nenes lo burlaban porque andaba con el inhalador en el bolsillo del guardapolvo para todos lados, por las dudas, como yo le enseñé. Y los otros se reían, los sinvergüenzas. Desde chiquito que era distinto. De bebé. Por eso no creo que haya que darle mucha vuelta al asunto, ni meter en esto a los comunistas o a los compañeritos que son terribles, si usted supiera. No. Viene por otro lado. Está más claro que el agua, más claro que la leche. Le voy a contar desde el comienzo. Desde el parto. No se imagina cómo me costó darle la leche a Franquito cuando nació. No sé si usted sabe Aurora, pero yo era una maricona. No sabe el escándalo que hice para que no me hicieran cesárea y el nene que era grandote y no podía salir por parto natural. Y yo que lloraba y le gritaba al médico “ni se le ocurra abrirme la panza, ni se le ocurra”. Y después me habré quedado dormida porque no me acuerdo de nada más hasta que lo tuve a Franquito encima mío y no sabés Aurora, no sabés la de besos que le dí. Era un gordito precioso. Eso sí, me daba un miedo darle la teta. Un miedo bárbaro. Los primeros días le dio de comer otra mujer que estaba en el hospital que ya tenía como cuatro chicos y tenía leche para tirar al techo. Era un espectáculo. Después me fui aflojando hasta que le agarré la mano y el nene que al principio, de resentido nomás, no quería mi leche, le fue tomando el gusto de a poco. Y después todo fue normal. Por eso le digo Aurora, esto es cuestión de tiempo, es algo por lo que yo ya pasé. Por eso, en cuanto llegue del colegio me lo siento acá, en la falda, como cuando era un bebote morrudito y va a ver cómo de a poco va a ir aflojando.

Cadáver exquisito, Grupo Ruans

jueves 12 de marzo de 2009

Danza visual


Sus pupilas componen
y unas falanges dobladas
ejecutan la pieza entera

El iris camaleónico
pierde mi razón
y en espirales corre, asustado

En hipnosis,
recito el himno
de mi escepticismo, de mi alexitimia

Y las miradas, fundidas
aprenden los pasos de baile
que nuestras piernas torpes nunca sabrán

Y en el baile de ojos, reímos
porque sabemos lo absurdo del mundo
que no es capaz de danzar en nuestra pista, virgen

12/03/09

domingo 1 de marzo de 2009

En alquiler



Nos gustaba coleccionar objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas.

Tomábamos migas de pan, las convertíamos en un enorme, perfecto refugio-camino para nuestra posterior colección de hormigas a causa de razones poco higiénicas, acaso evidentes.

La casa no tenía los típicos muebles guarda objetos que suelen tener las casas (bastante absurdo dada nuestra capacidad, obsesión con la recolección de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas). Se había transformado (acaso siempre lo fue) en un lugar imposiblemente habitable, es decir, inhabitable, es decir. Las colillas del tabaco se unían formando esculturas alrededor de las paredes, en los zócalos, en las bisagras de todas las puertas del no dulce hogar. Aunque dulce podría haber sido, inmensa cantidad de granos de azúcar negra, impalpable, blanca, habían sido tendidos conformando tiernas casitas que parecen de mazapán, salidas del cuento de Hanzel y Gretel. La colección que nos confería más orgullo y sensación de paternidad era la de moho y hongos que se extendía indiscriminadamente por los rincones más oscuros y siniestros de la casa de colección.

Podría seguir enumerando por páginas y páginas aquel museo de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas. Sin embargo, hay algo que me lo impide, la impaciencia de contar (en esta colección de letras amontonadas en la colección de papel para mi colección de amigos) que dejaron de tener la cualidad de insignificantes e irrelevantes para nuestras vidas. Todos aquellos objetos y cada uno de ellos habían cobrado para nosotros una suprema relevancia y significación. Básicamente eran nuestras vidas expuestas a aquel museo de…

No importa cómo llamarlo. Podríamos decir que era un museo, sí, hagámoslo. De acuerdo: el museo debía cobrar entrada. Colección de monedas, billetes enrollados con formas exorbitantes, otros varios con algún tipo de significado para nuestra clientela que hacía una perfecta línea, impecable para completar el museo. Una colección de clientela, qué idea magnífica, excelente. Habría que conservarlos en plástico o en latas (también pertenecientes a nuestra colección), lo que fuera para impedir el constante movimiento de sus miembros rompibles. ¿Sería necesario acaso el consentimiento de cada uno de ellos? Absurdo, sería un acto de injusticia para el resto de los integrantes del museo que no fueron consultados para sugerir un método, un lugar de exhibición, y demás. También podrían ponerse exigentes acerca de los métodos e instrumentos que jamás son utilizados para limpiar y mantener con vida a los integrantes del museo, ya que dichos instrumentos también forman parte de él. Y por supuesto que, descontando el hecho de que seguramente con el tiempo y la humedad (también éstos formaban parte del museo de colección) ayudaran, ampliaran la proliferación de hongos, mohos, musgos y otros varios. Todo se dificultó cuando la clientela despertó de un letargo producido intencionalmente por nosotros. Comenzaron a exasperarse, a pedir explicaciones, ¡a correr hacia todos lados sin ningún tipo de respeto por nuestro trabajo en el que habíamos puesto tanto empeño, tantos años! La situación era intolerable (la agregamos a la colección de diversas situaciones). No nos quedó otra opción que convertir nuestro museo en una tienda (cuestión que también se tornaría intolerable, sobre todo debido a nuestro desagrado por negocios y tales, que no cabían en nuestra colección). Sin embargo podría haber funcionado. No entendimos nunca por qué falló aquella fabulosa idea que nos haría salir de la miseria en al que nos metieron nuestros clientes animados. Llegamos a preguntarnos si no habrían sido los espeluznantes comentarios tan poco demagógicos que circulaban por doquier, que fueron difundidos por críticos de arte, aficionados, otros grandes coleccionistas y el resto de la colección de humanidad. Nos llamaban mugrosos. Hipócritas, con qué derecho. Ni siquiera era arte, esculturas, retazos de memoria. No podrían haber acertado nunca.

Ahora se transformó en una tienda. Sí, en una tienda de colección de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes para el desarrollo de las vidas ajenas, pero de alquiler. Nos alquilábamos entre nosotros para hacer lugar a la creciente cantidad de integrantes del museo-tienda que se nos ofrece en forma de trueque, para costear el intercambio que supone el tráfico mercantil de cada uno de nosotros.

martes 24 de febrero de 2009

Disparador


Se escuchó. Tibio, sordo, esperanzador. En aquella noche sofocante, el calor abrasaba los cuerpos. Eran cuatro. Todos pelados, colgados, las peladas colgaban hacia el costado, como si nada.

Sí, había sonado. Una vez. Se había confundido con los sonidos arrasadores de las motocicletas. Pero a nadie le quedaba dudas, era un disparo, ineludiblemente. Tenían que inventarlo para que saliera un tema de escritura. No toleraban más estar ahí, callados, a la expectativa, cada uno sumido en cavilaciones de toda índole. Los cuatro escribían sobre disparos y esos disparos, que eran cuatro, sonaban en ecos.

Uno tomaba su cabeza, exprimiéndola para encontrar la víctima de aquel disparo.

Otro, atento a su alrededor, buscaba la situación propensa para que se produjera aquel suceso.

La otra, masticando el bolígrafo, le sacaba punta a las causas, las motivaciones que habían conducido a ese hecho ya consumado.

Pero ninguno de ellos veía que la víctima de aquel disparo eran esas cuatro hojas en blanco que habían sido masacradas con palabras vomitadas, con balas de tinta consumiéndose.

La situación era aquella. Ese bar, con luz tenue, el reggae sonando de fondo, un suave murmullo en la parte trasera. Los bolígrafos en carrera, persiguiendo ideas que se escapaban. Los dedos inquietos, taladrando el vacío de argumentos. Los vasos vacíos, el culo de la cerveza. El cenicero apenas usado. Y las motos con vestigios de motor-disparo. Era aquel disparador.

La causa, las motivaciones. Un bloqueo comunitario. El vacío, ante la multitud de otras ideas. Pues los disparos tienden a producir una sensación de gran magnitud. Quién no tendría nada que decir frente a un disparo. Desde el más frío y violento, hasta el más piadoso y compasivo tendría que aludir a aquel hecho. Espectáculo de bárbaros, drama, tragedia, espanto, temor. Era el motivador, el disparador que todos precisaban.

La víctima: este cuento mutilado, sumergido en cerveza tibia, olvidada.

La trama: imposible divisarla, se la había ocultado detrás de todas las palabras, o se habían perdido en la embriaguez de la noche temprana.

El victimario: esta cabeza, pelada, colgando hacia abajo, el costado. Una soga de hilo sisal, precario, la somete. Así, colgada, pelada, destripada, esta cabeza fue capaz de producir aquel disparo, que sin embargo no ha sido escuchado aún.

El final: la cerveza derramada, nuevamente, la sangre chorreando sobre la hoja. Un jugo espumoso, carmesí, hundiendo las palabras que se esfuerzan por salir a flote para encontrar ese final esperado, que se esconde silencioso, detrás del sonido de una pistola muda. Este bolígrafo inmundo.

17/02/09

martes 30 de diciembre de 2008

Mendiga


Se agota la saliva para tanta habladuría

Y es que pescan los guiones de diálogo

El instante imperfecto para romper las sogas

Que atan nuestros miembros insanos

Que salpican aterrados, procurando retener

Todas las sensaciones adentro y derramando

Hasta la médula inconciencias e incongruencias

Puras, puras demencias y hasta las ingratas respuestas

Que nadie sabe callar, pero todos callan.

Penetran entre insensateces los tímidos intermitentes

A unas manos rugosas, de médanos y nudillos

Sobresalen,

Pisan resbalando las aguas transpiradas de todos los trabajos recogidos

Y no aguantan más, submarinos entre sales y salas repletas de vacío

Y se acribillan las pupilas con ideas, y se amordazan los dientes

con discursos manchados de tiza y de sangre rancia, putrefacta

Gustan de habitaciones abiertas y de almohadones vestidos de fiesta

Pero las luces siempre desiertas

Titilan con tanta fuerza, temiendo futuras batallas, todas todas eternas

Y no habrá más cenas de gala, no habrá más fuegos, bengalas

Las sombras no se apoderan, poseen las luces adentro

Para luego, con lunas y soles, dominar el cielo

Para luego, con hierbas y peces, dominar la Tierra

Para luego, suplir con engaños las sonrisas de ingenuos

Se agota la saliva para tanta habladuría

No hay más saliva, no hay más bocas abiertas

No hay más dientes amordazados

No hay

Hay una demencia, una sola, conjunta

Y una luz desierta

Con fuerza

Titila, tímida

No está de gala

Es mendiga y pordiosera

Pero no mísera, no

lunes 3 de noviembre de 2008

Le inventamos un título


Teníamos miedo de lo desconocido. Sí, nos asustaba. Por eso tuvimos que empezar a nombrar todo. Era una sed insaciable. Le asignábamos título a lo que ignorábamos y a lo que nuestra memoria y cultura se dignaban a facilitarnos. Así fue que comenzamos a ser, a tener importancia. Lo que escapaba de nuestros sonidos organizados era inconcebible. Lo que pretendía exceder nuestras nomenclaturas era puro espanto. No pudimos con nuestro genio, hasta tuvimos que improvisar instrumentos para ampliar el lenguaje.

Antaño no sentíamos, ni pensábamos. ¿Éramos felices? No había tal concepto. Ni felicidad, ni sufrimiento. ¿Éramos? Seguramente no. Cómo podríamos ser sin conciencia de serlo. Aún más, no había conciencia siquiera de haber sido. Me atrevo a rectificar lo antes maldicho, no había memoria, tampoco cultura. ¿Animales? Cómo podríamos, los animales sienten. ¿Sí? Nosotros no sentíamos, nos prolongábamos en masas amorfas. ¿Tribus? No, tienen nombre y educación.

No pudimos conformarnos con movimientos y supervivencia salvaje. ¿Acaso no bastaba no sufrir? No. Para ser felices (y es a eso a lo que vinimos, según se encargaron de asegurarnos) tiene que existir su opuesto; de otro modo cómo lo advertiríamos. Entonces nacieron los sentimientos. No voy a detallarlos exhaustivamente, pues no alcanzarían estas hojas. Me limito a dar cuenta de que ingeniamos eso para enterarnos de que así íbamos a ser felices. ¿Otra vez con eso? Inevitablemente. Pues así nacimos, gestados en la infelicidad. Infelices para alcanzar las utopías que deseábamos. Y somos víctimas de todos los sentimientos. Pues con ellos, los juicios de valor.

Luego no bastó simplemente con sentir. Hubo que exteriorizarlo. Y qué si uno se rehusaba a sentir. Impensable (claro, los pensamientos también eran lenguaje).

Ahora no sólo hay que sentir, sino pensar los sentimientos (en palabras) y comentarlos cual chisme (para que se sepa que existen). Para qué. Para luego buscarle a esas palabras vagas e imprecisas una concreción que acumulara sus bastos y múltiples significados a una única acepción en términos perfectivos.

Sugestionados, opacamos toda transparencia.

03/11/08

Que no habrán de florecer


Cargando con pesadas cruces.
Resucitando en mis muertes pascuales.
Caminando sobre flores marchitas.
Regando jardines que no habrán de florecer.

Atravesando todo tipo de caminos.
Custodiando las fronteras de mis sueños.
Esperanzando contra las desilusiones.
Descentrando los núcleos de mis cuentos.

Aún prevalecés en mi mente.
Aún mis oídos se niegan a dejar de escucharte.
Aún la inmensidad de tu olvido me sofoca.
Aún sigo esperando a que te acerques.

Que me digas que ya todo pasó.
Que tu rencor se ha desvanecido.
Aún sigo esperando milagros.
Aún sigo esperando el perdón.

Una ráfaga de olvido.
Un trueno de memorias.
Un recuerdo a escondidas.
Un retorno, viejas historias.

Un no sé lo que siento.
Un miedo infinito al miedo mismo.
Un tiempo a destiempo.
Un futuro lejano que cae en abismo.

Una ilusión de extravío.
Un deseo de reencuentro.
Un pasado tormentoso.
Un contarte lo que siento.

Un no tenerte como amigo.
Un saber que estás muy cerca.
Un provocar que te he perdido.
Me obliga a someterme a tu equilibrio.

Que no quiero.
05/04/05

Intento de omisión


Había desechado lo que se trataba de nosotros.

Había sepultado las evocaciones al nombre.

Había fingido una historia basada en la indiferencia y el olvido.

Había encontrado la manera perfecta de inmolarme.

Había permanecido durante un año desterrada de mi órbita.

Había llegado a ocultarme lo evidente.

Había destruido la capacidad de pensarte y extrañarte.

Había asesinado los vestigios de lo que creía totalmente devastado.

Ignoro cómo, pero lo resucitaste.

08/01/06

miércoles 8 de octubre de 2008

Apariencia

Desilusión. Era pasar todos los días saboreando el aroma. La frescura que conservaban, sin exceptuar las estaciones frías, ni las secas.

En medio del trajín, del alboroto, del apuro por esquivar maniquíes móviles. El zigzag constante para la supervivencia.

Empalidecen ante la sensación de completud que otorgaban en un instante. Permitir el deleite interno, aspirar el bosque en la ciudad. El degradé natural emanaba de ellas, puras, inmaculadas.

Tanta perversión tenían en un engaño indiscriminado. Habían sembrado la impotencia, ignorando los resultados de las narices peregrinas que caían ante tales perfidias.

Así era, les vertían perfume artificial a las flores.

08/10/08

domingo 28 de septiembre de 2008

Retroalimentación


De aburrida nomás, por estar todo el día en la cama, decidí irme. Ya había intentado en varias oportunidades hacer un viaje. Cuántas razones lo impidieron.

Otra vez, entre tantas, por costumbre y comodidad, situé mi atención en la biblioteca. Hete que aquí se produjo el escape. El esqueleto seguiría inerte, envuelto entre almohadas y sábanas mutantes. Mientras, yo me dediqué a visitar literaturas. Fui tantas. Pasé de una a otra, escapando también de tramas. Refugiándome en oraciones (sobre todo en subordinadas) y me perdí en algunas estrofas recónditas de poesías horrendas.

Y llegué así al cuaderno en blanco. El que había utilizado para regalar miserias, obsequiar perfidias, borronear espantos, entregar al vacío la mente, atiborrar de silencios las hojas. De los que siempre sobraron.

Y llegué así a presenciar mi propia ingesta. Porque era allí: esqueleto (entre almohadas y sábanas mutantes), cuaderno en blanco (el que había utilizado para regalar miserias, obsequiar perfidias, borronear espantos, entregar al vacío la mente, atiborrar de silencios las hojas; de los que siempre sobraron) y era, sobre todo, devorada por unos escritos que no habían existido. Siquiera en la mente, siquiera tatuado en el cuerpo.

Y me devoré a mí misma, saboreando la sosera, el aire que me colma, la nada que me invade, el cerebro seco, la piel gastada.

Cómo resistir. Sin poder evitarlo, me volví a vomitar.

27/09/08

sábado 27 de septiembre de 2008

Incontinencia


Aprieto

Un poco más, más fuerte

No suelto, no

Estrujo contra
los puentes

de la incontinencia toda:

tener fiebre

ser enfermedad del cerebro

padecer de una espalda chueca y unas patas cluecas

erigirme sobre el viento para cantarnos

soltar, entonces, las bisagras


puras bisagras que no saben cerrarse

27/09/08

lunes 22 de septiembre de 2008

Luz

Y el sol entre persianas

Dentro de la luz,

un millón de lágrimas

que se evaporan

Dejame


Dejame:

Saberte lejos de mí sin rencores
Sentirme cerca de vos sin presiones
Vivirnos nuestras vidas en paz
Sernos felices y complacer mis libertades, que son lo único al fin y al cabo
Poderte contar nuestras cosas sin clavarme en una cruz

No serte cruel frente al mundo
Pedirte un mísero perdón si es que te existió alguna vez una gota de cariño

Pensarte un recordable agrado en mi futuro
Seguirte siendo pasado sin olvidar mi presente.

13/01/05

domingo 21 de septiembre de 2008

Equinoccio

Estúpida primavera que se atreve a inundar los árboles de hojas, las plantas de flores, las plazas de cursis empedernidos.

Estúpida primavera que se atreve a llenar de colores insulsos los inviernos apenas incipientes en algún ser.

Estúpida primavera que se atreve a pavonearse con sus aromas frutales o sus soles cálidos e insípidos.

Estúpida primavera que se atreve a todo, menos a dejarme con el invierno, mi invierno, el único frío e inútil que comprende, que sabe vestir a una mujer, que sabe peinar los rizos del pretérito, congelando la memoria, obligando a sumergirse bajo los acolchados que tan bien protegen del sol estas pieles sensibles, estos pulmones colmados.


Estúpida primavera

21/09/08 --> estúpida primavera

Consulta vana

Y me pregunto, hoy y una vez más, ante todos, ante esta pantalla aborrecible: qué he de plantear ante los impulsos tan salvajes, la conciencia tan perdida, la vista tan borroneada, el espíritu pisoteado. Y me pregunto, hoy y una vez más, ante todos, ante esta pantalla aborrecible: a qué recurrir cuando ya no hay emociones, cuando solo queda en algún rincón escondido, un vestigio olvidado de todo lo que pudimos haber sido. Ante la humanidad me cuestiono los orígenes de esta pereza arraigada a los huesos, de esta apatía galopante entre noches y mañanas absurdas, de esta insignificante agonía perpetua, de este rechazo inherente a la raza (humana), de esta pérdida progresiva, aniquilante de algún instinto de conservación.


Pisoteado, sí.


Aunque debería ser un signo abierto

¿
Así, sin cerrar


No espero respuesta

Pues sé que no la hay

21/09/08

viernes 12 de septiembre de 2008

Espasmo


Una tiranía somnolienta que invade la congoja. Una percepción de un nadie, hacia una nada, hacia un invento de la memoria. Para qué engañarse a conciencia si es inútil. Para qué instigar al instinto que intente no comprender las causas. Para qué obligar a estos órganos a sentirse útiles, a sentirse plenos, si aún son tan inocentes como para llevar a cabo esa tarea. Para qué pensar en la compañía, si es la soledad la única que implica una compasión que integra, que aborrezco. La salida, la primordial novia de estas páginas, de estos lápices rotos.

Qué probamos. Qué queríamos demostrarnos. Acaso nuestros cuerpos fusionaran todo eso que tus acordes y mis escritos no compartían. Qué insolencia imaginar un futuro, cuando el pasado gobierna los ayeres y el mañana está exento de calendarios. Porque no coinciden nuestros calendarios, nunca lo hicieron. Ilusa. Permanecer a la sombra de la cordura, del sentido común. Los labios no están preparados para gustar de otros labios, para enseñar a conocer las geografías de alguna comisura escondida entre los dientes del espanto. Si tus manos están hechas para modelarlas sobre otros instrumentos, no te atrevas a tocar por dentro estos instintos tan mal entrenados para responder inseguros a tu llamado siniestro de cariño.

Aselvado, sos de otra especie, tus lianas me engañaron. Tu ciudad y tu campo en el pelo y en la sangre. En el sueño inhumano, en este otro más humano. Porque te entiendo, comparto, nos aborrezco, agonizando por ninguno. Y me asalta la exigencia de escuchar tu insensibilidad para creerte enterado de mis vacíos.

08/09/08

martes 2 de septiembre de 2008

Tapujos


Todos enmascarados de blanco, vestidos con túnicas blancas y guantes blancos. Sentados en semicírculo.

Magistrado:Damos inicio a la sesión del día de la fecha. Asistente, le cedo el honor de hacer la lectura que concierne a la presente reunión.

Asistente:Con mucho gusto toma el cuaderno que se encuentra en el centro del semicírculo. Henos aquí para tomar conciencia y una decisión respecto a ciertos acontecimientos que han transcurrido, a los que les otorgamos la categoría de “inmorales actos de perversión pública”. Se convoca al acusado en cuestión a concurrir y explicar las causas de tales hechos que nos abochornan como sociedad.

Se acerca el acusado, vestido de igual forma que el resto. Se dirige directamente al centro del semicírculo, se queda allí parado, dando la espalda al mismo. El asistente, aún en posesión del cuaderno, comienza a anotar acelerado cada detalle de lo que sucede.

Acusado:Estoy dispuesto a soportar el peso de la ley que recaiga sobre mí.

Magistrado:Precisamos que nos dé los argumentos suficientes para llevar a cabo tal castigo. Asistente, por favor, lea la transcripción del delito que este personaje ha cometido de manera tan desvergonzada.

El asistente se apresura a obedecer la orden.

Asistente:El señor aquí presente ha tenido la osadía de caminar por las calles principales del pueblo con el rostro totalmente descubierto. Exhibiendo, sin ningún tipo de reparo moral, los atributos más desagradables del ser.

Las mujeres del semicírculo, hasta el momento totalmente silenciosas, sueltan un gritito sordo y cubren sus blancas máscaras con la blancura de sus manos enguantadas.

El acusado que aún permanece en el centro, se arrodilla, siempre mirando hacia delante, y se inclina en posición de súplica. Los demás permanecen impasibles.

Magistrado:Exprese ahora las motivaciones que lo condujeron a cometer tal atrocidadcon repulsión.

El acusado se reincorpora y permanece de pie.

Acusado:Oh… Es que… es ese frescor que se cuela a través de estas vestiduras. Si ustedes supieran…

Magistrado:Responda

Acusado:Se siente tan bonito…

Magistrado:Las razonescada vez más impaciente.

Acusado:Esos libros…

Magistrado:¡¿Cuáles?!ya muy exasperado.

Acusado:Esosseñalando en dirección a la biblioteca colocada a la izquierda. Son tan… Y los deseos de andar por ahí, sin estas cárceles en la cabeza. Ah, deberían probarlo.

Las mujeres repiten el gesto de desaprobación y una deja escapar un triste: “Está loco”.

Magistrado:No sea inconciente. Esos libros son los más leídos y respetados. Ningún otro que haya pasado por encima sus honrosos ojos, ha tenido por bien andar paseándose desnudando el alma de tal calaña.

Acusado:Y las máquinas, señor, las máquinas…

Magistrado:¿De qué habla, demente?

Acusado:De la mente. De todos estos jóvenesseñalando hacia adelanteque cubren sus penas, vergüenzas, crueldades y desquicios con sombrías y perfectas piezas diseñadas todas por igual, fabricadas en la industria de la “normalidad”con una mueca de desprecio. Así es. ¡Hay que esconder la porquería, meter la basura debajo de la alfombra!

¡Está teniendo un ataque!suelta una de las mujeres, con un hilo de voz temerosa.

El asistente se apresura a escribir todo en el cuaderno, sin perder detalle. Los demás, quietos. El acusado parece tranquilizarse.

Acusado:Permítanme explicar: estas vestiduras que he llevado toda mi vida y tan bien se han adaptado a mi piel, me sofocan, me impiden respirar. Ustedes notarán que sus pieles se han fusionado con el material cruel de estos trajes y carceleros. No habría manera de evitar el dolor si repentinamente alguien les arrancara su cubierta. Lograría observarse la carne roída por un ácido terrible, el de sus decoros. Aunque así, me concedo la certeza de atinar cuando propongo que algunos pocos conservan la piel intacta y dispuesta.

Súbitamente, se acerca a dos de las mujeres encubiertas y les arranca de un manotazo las máscaras. Éstas desconcertadas, miran alrededor. Una de ellas, colorada, así como la predicción del acusado, con la piel prácticamente roída, se cubre el rostro, no pudiendo soportar la luz, los colores, el pudor. La otra, maravillada, sonríe, gira la cabeza de un lado a otro, comienza a exaltarse.

El acusado también se desenmascara, se quita los guantes. Toma de la mano a la desenmascarada, sonríen ambos, caminan hacia la multitud y se pierden entre ella.

El resto de los del semicírculo queda silencioso, igual que antes, frente a aquel espectáculo.

El asistente deja caer la mano con la lapicera sobre el suelo.

Magistrado:Camisa blanca, servicio al cuarto, vista al vacío y una ración diaria de pastillas.

Los demás aplauden entusiastamente.

02/09/08

lunes 25 de agosto de 2008

Engendrados

Y no hablo con palabras de desamor, de desconsuelo. Hablo callando con todo el ser. Callo las sílabas que nadie anhela oír. Construyo discursos con el cuerpo (alguno, acaso importe cuál). Desespero al leer, en otros cuerpos, artimañas; y aún así, primogénita del propio vientre, que paro de forma constante. Ardua tarea la de parirse, más aún sin haberse concebido. En extremo, sin siquiera prurito ni solicitud. Qué decir de la espera. Entre tanto parir y abortar (me) en ideas, paro unos otros… para perdernos y encontrar ahí, surgiendo de entre unas piernas, cada día, una nueva. Novísimos, entre novelas, vanguardamos estos movimientos. Será escarbando, pujando por otra estirpe, sin concebir y, más aún, sin exhalar.

25/08/08

viernes 22 de agosto de 2008

Tierra



Quiero entender qué condimento nos hace secos, fríos, aislados de un todo uniforme, cuya existencia hoy sigo cuestionando.

Hoy me inundaste de tranquilidad. Y es que cuesta recordar cómo se sentía.

Retornar. El tiempo nos volvió ciudad. Nos acordamos. Fuimos tan tristes. Somos otros. Te sienta bien el contraste.

Ya habrá tiempo. Reconocernos después de incontables mutaciones. Las edades nos sublevan.

Sos tan libre. Me sofoca saberte así, porque recuerdo que no lo soy.

Añoraba revolcarme en tus tierras, que me arroparas con tu pueblo, que me llenaras de estrellas y de campos.

Cuánto ha que no apreciaba un yuyo, una oruga, un pinar. Y reconciliarme con el viento. Que esta lluvia, aún ausente, nos resucite. Porque quedamos muy secas… Nuestras tierras. Madres.

17/01/08

jueves 21 de agosto de 2008

Acordes, repeticiones y silencios


No estoy segura de ser yo la que piensa y medita este escrito. No siento cómo la tinta de la lapicera va bajando a medida que letras y letras aparecen sobre el cuaderno. No toco siquiera las sábanas en las cuales estoy reposando. No oigo las notas, acordes ni instrumentos que en un pasado cercano me conmovían tanto. No miro con mis desatentos ojos ningún paisaje prodigioso.

Ahora, lo único que aseguro-siento-toco-oigo-miro es lo que me dolió-horadó-desgarró-hirió-rompió, y que había jurado no volver a sentir. Sucede otra vez. ¿Seré culpable de esta repetición?

Si así fuera, que el mundo se aparte y que sólo quedemos nosotros. O mejor dicho, vos y yo… sonando dentro de un mismo compás, acompañados de cuatro silencios.

10/01/06

lunes 18 de agosto de 2008

Te fui

Sacás de mí palabras veladas
Rompés con los límites de mi absurdo

Intentás encontrar respuesta a mis evidencias

Pretendés extraviarte de mis certezas.


Y en la búsqueda de mi olvido

Y en la espera de mi partida

Te olvidás de despedirme
Fingiendo poder prescindirlo.


Te fuimos algo más que algunos dos

Y estuvimos conociendo otro interior

Mas cuando no había más que uno y otro

Te fui y fuimos sólo vos y sólo yo.

12/09/06

Pentagrama

Te arrastrabas curiosamente por los techos, desnudando estrellas con la mirada. Instando a la luna que saliera de aquel pinar.

Llevabas puesta tu música, la llevabas en los labios, la poseías toda. Me ofreciste música, me invitaste a ser parte de ella, me enredé entre tus pentagramas. Hacías música, dibujabas con los dedos sensaciones, erigías sobre el viento notas inmóviles, destilabas melodía por los poros.

Dabas ánimo a las teclas con un simple respirar, dejabas en cada una un fragmento de vos, una gota de cuerpo, una pieza de memoria, una minuciosidad de vuelos por otros paisajes a los que viajabas. Tocando y tocando, sin volar, sin flotar, sólo sonando, con un piano y dos manos libres.

11/04/08

Prescindible


De lo que pueda decir llega a tus oídos Nada

De lo que pueda escribir llega a tus ojos Nada

De lo que pueda pensar llega a tu entendimiento Nadanada

No importa

Nada

Así

[Otra vez]

Blablabla

Chau

lunes 11 de agosto de 2008

Teo

A larga distancia, intercesores vanos

Abrazos sin convertir en cuerpo

Palabras que se esfuman a través de meridianos

Y cuántos milímetros descosen nuestros días

Cuántos océanos esconden unas lágrimas puras

Qué clase de libros empañan tus ojos ya empañados

Por tantas leguas, tantas cruces, tantos discursos

Y homilías, y rosarios, y catedrales

Cátedras del tiempo y del espacio,

Triángulos imperceptibles, preguntas teo qué

Emperadores de ningún imperio

Y una figura que se disipa, pero está siempre

Está ahí, yo lo sé, vos lo sabés,

Nos une, nos amarra, nos divide, nos mezcla

Sigue habiendo tierras y aguas,

No están y están

Nos separan

Imágenes nos muestran cuán lejos

Pero cuán cerca

Ni tiempo, ni paseos

Y una mesa que te espera,

Una mesa compartida

Para otra vez compartirla

Y el vino se añeja,

Para mejor degustación

Y el pan toma el sabor de los días,

De tantos domingos

Sin ser comido, permanece intacto

Esperando

Esperándote

11/08/08

lunes 4 de agosto de 2008

Emancipar


El sinsentido de que mires, de que adules, de que desees poseer.

Todo se pierde cuando se convierte en deseo. Quizás antes de desearme, me tenías. Quizá no a tu manera, sino a la mía, seguramente. Pero la esencia es la misma.

Es esa la sensación de absurdo. Cuando yo ignoraba, éramos. Hoy… tan ausentes.

Pretendés un ayer que nunca fue, tendés las tramas de imposibles.
La ausencia no es de presencia, es de forma.

Cuando me emancipes, ya no habrá deseos, ya no habrá posesiones.

2008

jueves 31 de julio de 2008

Género, no



Alguna vez intenté escribir un cuento sobre vos. Fallé en el intento. Hoy advierto el porqué de aquel fracaso. No puedo escribirte más que en versos, en conjuntos de líneas que no llegan a ningún puerto. Los cuentos tienen final, aunque sea uno que deje libre la interpretación. Pero esto fue (es) tan inconcluso…

Esa noche glacial, fueron sólo sombra; una cómica tragedia trascendental, un empeño en sonreír al más profundo de los dramas, una forzada transformación en comedia.

Un resumen de tu vida sin mí. Exploraste mis reacciones ante tu indiferencia, estudiaste minuciosamente los gestos, las miradas, los estremecimientos.

Sin embargo, no sos cuento, sos poesía.

Sin embargo, no sos prosa, sos versos.

Sin embargo, no sos novela, sos lírica.

Sin embargo, fuiste presencia, sos escrito.

Me encargo ahora de revivirte en una gota de tinta. Me ocupo de silenciarte en una nota de sinfonía. Me desvelo en la búsqueda de perderte. Me libero de mi inconciente anhelo a través de sueños. Me encomiendo, ahora, asesinarte en esta hoja, acuchillar tu vudú, acribillar tu recuerdo.

2008

martes 29 de julio de 2008

Compensar


Escupámosle al reloj, a la conciencia, a la precisión que adolece el espíritu, a la esclavitud que nos somete.

Escupámosle al recuerdo, al rencor, a la lluvia que nos alejó, a la nieve que estuvo y a la cicatriz que aún no sanó.

Escupámosle al ruido, a las calles de asfalto, al cielo escampando.

Saquémosle al pino sus frutos y tiremos las risas al fuego.

Pidámosle al humo que eleve con él este encuentro, que llene los cerros de incienso, de éste tan nuestro, tan mío, tan pretérito.

Absorbamos, de suelo y cimiento, alguna que otra fortaleza y transportemos con aire todos estos lamentos.

Contale, humo, a los vientos, que no tengo apuro ni pienso; sólo necesito ahogarme en ningún recuerdo.

Pedirle a los pies que estén fríos, después de ningún invierno, sabiendo. Sabiendo, por dentro, vivimos en una hoguera.

Intentemos llevarle al pueblo las citas, los triunfos, los truenos. Quedémonos en el pasto, sólo los ojos abiertos.

Enero de 2008

lunes 21 de julio de 2008

Y un aire desairado


Y así pasa el resto.

Otro día más, gris.

Y una burbuja refleja colores

que se van extinguiendo.

Una burbuja aparentemente vacía.

Pero cuando la mirás...

se torna luna opaca.

Miedosa de que la encuentren.

Las nubes no se inmutan.

Siguen consumiendo agua y más agua,

dejan tan poco húmedo el ambiente

que cuando implotan o explotan

(qué importa eso acá),

se van llenando de la nada

que antes no tenían.

Es una burbuja,

Qué le importan las nubes.

Sin embargo, deberían, ¿no?

Quizá. Pero sólo es aire.

¿Cuánto puede afectarle que un diluvio

(parte de sí) se deshaga, y vaya

conformando una realidad que ya no existe?

Sí. Tampoco está renegrido el cielo, sólo gris.

Se tiñe así para crearte esperanzas, te engaña.

Pensá que va a mejorar, delirá.

Total... qué cuesta…

Hay posibilidades todavía de que cuando llueva,

la tierra absorba el agua y ya no vuelva al ciclo;

las nubes blancas se descubran aire,

(ése, que alimentará el celeste que todos anhelan).

Sí, sí. Quizás... algún día...

02/11/05

Sustantivos propios


Me fascina inventar nombres cuando conozco a alguien, jugar a ser otra. A veces quisiera ser hombre, idear historias extravagantes, imponer respeto con la mirada.

Hoy me llamaría Antonia, no sé la causa, sólo así apetece. Ayer era Anacleta , quizá mañana sea Romualda. No sigue ningún hilo lógico, menos una cronología, es únicamente a antojo.

Piso el mismo suelo que miles de nombres, utilizo el asiento de colectivo que cuántos cuerpos habrán tocado. Cuántos Eugenios, Heráclitos, Leopoldos, Pancracias, Rigobertas, Cletos habré cruzado en alguna calle… Pertenecer a una raza, a todas esas razas únicas con las que topo constantemente.

Que la piel mute, se extinga arrugada, agriete, perpetúe en los años, la indefinible e inconmensurable cantidad de años que agrupa la población con la que convivo paso a paso. Podría convertirme en lo más anciano y múltiple que jamás haya pisado esta tierra.

Marzo de 2008

Oníricas

“Soñaba en colores y me sentaba en la cama para ver mis sueños”*.

Algunos eran grises, mojados. Sí, mojados… por la humedad. Un descuido, lo admito, a veces no regulo lo imprescindible. Otros eran en invernaderos, verdes y morados. Quizás uno azul, manchado de tinta, como cuando escribía con la pluma, allá, en segundo grado. Unos insignificantes eran amarillos, papiros antiguos. Escritos con letra gótica, decorados con memorias.

Pero los más importantes eran rojos. Con ellos no soñaba, me internaba en el cielo, me hundía en él como en un orgasmo, sintiéndome viva. Más viva que nunca. Y encerraban deseos, sentires, palabras mudas y un centenar de heridas producidas por el mismo rojo. Rojo de pasión, de sangre que sangraban las heridas.

El de aquel día era distinto. No era mi rojo pasionado. No era verde, morado, gris ni amarillo. Era arcoiris con franjas, soles y tormentas. Una de esas tormentas blancas resucitada de sequías. Ésta escondía algo. Llevaba presa en una gota toda mi historia. Presa e impresa, en un gota de cristal. En la gota, yo. Y sueños con títeres y marionetas. Pero en mi mano, una rosa seca. De sueños secos. Como los desiertos. Desiertos egipcios, arenas y pirámides. Una gota en el desierto. Una tan seca que humedeció el desierto. Y lo inundó de sueños. Claros y oscuros, beiges y negros. Azabache como mis negritos del África, a los que les sangraba el alma, se desangraban dejando huellas rojas. Como la rosa, seca. Secó océanos profundos. Navegué por el Atlántico, a la deriva. Llegué a América. Ahora verdes del Amazonas y madera, color selva. Salvaje y sempiterna.

Súbitamente una lanza selvática, americana, atraviesa mis sueños. Rojo. Esta vez otro rojo. Otro rojo en las sábanas de mi cama, donde soñaba en colores, sentada para ver mis sueños. Y cae una rosa roja al piso, seca de sueños, vacía y despierta.

*Tomado de Javier Villafañe del cuento “Soñar en colores”

25/08/05

domingo 20 de julio de 2008

Somos



“Me moldeó muchas caras esta sumisa piel […]”

(OLGA OROZCO: “Los reflejos infieles”)

Sos tan adulto cuando se trata de nosotros. Simple, lineal, rutinario.

Yo chiquita, ciclotímica. No soy y soy, un algo, completamente… No.

Sos un nene, a veces crecés y volvés inmaduro a mí, a jugarme, a pelearme.

Yo muy seria, indignada, regaño tu niñez.

Sos tan indiferente cuando se trata de nosotros. Distraído y ocupado en tu labor.

Yo esperando, quieta y sensible.

Sos tan ingenuo cuando se trata de nosotros. Desgarrado totalmente y obstruida tu mirada.

Yo inmutable, quieta y perversa.
Fuimos.
Pero no somos.
Somos lo que serás vos.
Somos lo que seré yo.

Sólo sos vos.

Sólo soy yo.

Solos.

17/12/05

Comisura


Es la mitad izquierda de tu labio inferior, la que me extravía, la que me pierde junto con tu mejilla. Enloquezco cuando no existen más centímetros de distancia entre tu boca y la mía. Los contornos mimetizados. El ángulo perfecto.

La mitad izquierda de tu labio inferior me fascina, como la imagen que espío cuando no debo, la tentadora imagen de tu comisura enredada con mis dientes. O la sequedad de boca, con las palabras vanas pronunciadas. Y es que si te dieras cuenta de la necesidad nula del discurso. Ya sé lo que dirás, ya sé lo que contestarás cuando hable. Pero así y todo, son los contornos de tu boca y el desierto enmudecido que me incita a humectarlos, a sentir correr un arroyo, como oasis en tus fauces.

2006

Desnudarme, de vos


Cuándo terminaré de desnudarme de vos

cuándo mis entrañas dejarán de azotarme,

de recordar culpas ilusorias.

Cuándo podré reinventar intereses,

fingidos paisajes abarrotados de juventud.

Y de nosotros solos y tan solos

que ni siquiera necesitábamos a uno mismo

para completar los espacios.

Si te hubiese podido decir,

si te hubiese vomitado a la hora justa,

aunque siempre lo hago más tarde.

Por qué será que el tiempo me persigue,

me inculpa, me cubre de soledad.

No estarás escribiendo como yo,

pero anoche, anoche… eras vos, lo sé.

Y ahora, en un escrito más en el cual estás,

me pregunto si no habré mentido al creer

todo lo que había asegurado.

Siempre es tan tarde.

Estoy vieja y alejada de mí,

me es imposible responder.

Podrás responder…

2007

Sobre un crepúsculo y una infancia

Cuando intente abrir los ojos, el vacío caerá sobre mí como una tormenta helada, no seré más que cenizas. Pero mientras tanto, seguiré desnuda, sumergida en este cementerio de hojas, sintiendo cómo la vida me pasa por un costado sin dar cuentas ni excusas. Sólo me deja envejecer mirando al cielo, cuestionándome sobre tanto y deseando respuestas sin contestaciones. Que nunca acudirán, lo sé. Y temo moverme pues cuando lo haga, más rápido pasará el tiempo viendo cómo mi cuerpo se vuelve papiro. Prefiero seguir así, observando las nubes viajar, trasladando con ellas sueños y esperanzas de infantes que aún no han perdido su inocente ilusión. Ver sus alegres felicidades reflejadas en esponjosas imágenes, puras sobre el cálido crepúsculo que va bajando sobre mí. No me aplastará, lo sé. Pero me resulta inevitable hundirme aún más, convertirme en más pequeña, mientras el sol va atrayendo ese azul ennegrecido que tiñe el cielo y enciende las estrellas, ahuyentando a un anaranjado rosáceo que matiza el campo con su pincel natural.

Esperaré, esperaré que el alba se entone del color del infinito, trayéndome sueños, devolviéndome a la chiquilla que tanto añoro, esa niña que perdí sin darme cuenta y que con tanto dolor enterré en mí pensando que al crecer sería más libre, olvidando que lo fui, mas con las responsabilidades malgasté la libertad. De nada me sirve estar atada a este mundo si podría volar sin siquiera recuerdos ni vestigios de lo que algún día fui y no quiero volver a ser.

Sólo la noche, con su tímida brisa primaveral que se deposita sobre mí, sabe lo que siento. Y el alma vaga, con la corriente, seguirá buscando todo ese mundo que ni siquiera existirá jamás.

Pareciese que el fuego de la tierra me absorbiera a sus entrañas, sin lugar a escape, sin rumbo ni ganas. Me dejaré caer al centro de esta llama inapagable, quizás así sea mejor, el calor y las flamas apaguen las penas que me ahogan y me acabe de consumir totalmente.

Todas las palabras que nunca pude decir, se fundirán formando un único vocablo, imposible de descifrar.

Y el murmullo de la ausencia y el silencio en la presencia, harán que mi ser se sienta tan cargado de nada, con un peso insostenible que me derrumbará, dejando ojos sin brillo de vida, labios secos tan llenos de palabras que se disipan ahogadas, encerradas en el interior. Abro la boca, lo único que logro es engañar al cuerpo, invadiendo mis pulmones de aire, porque las letras se espacian aún más, desmoronando cada frase, desmembrando cada oración.

Los acordes de mis cuerdas vocales han de escapar una melodía muda, cuyo compás mece este mundo, conforma una canción con sentido perdido, el acompañamiento invisible ondeará los oídos, cosquilleando en el pecho, trazando la derrota de la vida.

02/06/04

Aberración



Entre quijotes y sanchos

inquiero en la grieta/esencia,

trazo un estilo de silueta

que materializa mi demencia.

Y así, cual nada pasara,

bifurcando cuerpo y mente,

ya no hay quijotes ni sanchos,

no tengo realidad permanente.

Un aire de sensata mesura,

perturba mi habitual delirio.

La luna en caída libre,

pierde todo, todo equilibrio.

23/10/05

martes 8 de julio de 2008

Otros parámetros


Pretendo imaginar una poética más allá de las gramáticas, más allá de las letras, más allá de las palabras. Una prosa que exprese no ideas, no argumentos, no pretextos. Un escrito que abarque todos esos espacios que nadie llena, que a nadie importan. Una novela sin protagonista, sin drama. Una dramaturgia sin escenario, sin personajes, sin peripecias. Un ensayo sin hipótesis, sin conclusión. Un libro sin páginas, ni portada.

Mi pretensión es idealista, mi deseo una utopía, mi querencia un imposible.

Quiero un mundo sin bibliotecas. Porque el mundo debe ser biblioteca. Porque las personas deben ser personajes. Porque la sociedad debe ser marco. Porque las circunstancias deben ser tramas. Porque los hechos deben ser peripecias. Porque la naturaleza debe ser escenario. Porque los árboles con hojas deben ser páginas. Porque los dramas deben ser comedias. Porque las risas deben ser hipótesis. Porque el placer debe ser la portada. Porque vivir debe ser conclusión.

08/07/08

miércoles 2 de julio de 2008

Inventamos


Sacamos a pasear la esquizofrenia

Disfrazamos con ironías los tormentos

Embellecemos la hipocresía con abrazos

Comerciamos la amistad en una feria

Pisoteamos las figuras de inmundicia

Predicamos a ambos lados nuestro arte

Encontramos tantas formas de no encontrarte

Perdonamos y admiramos la miseria

Absorbemos personajes de otra historia

Pretendemos ser piezas de estos textos

Inventamos y creamos instrumentos

Olvidamos conservar nuestra memoria

marzo de 2008

martes 17 de junio de 2008

Y era humo

Y era humo y aire y cenizas.

Y era un país sin nombre, un país sin pueblo, un humo impotente, una suma de nada, una resta de todo.

Y era el humo el que peleaba, peleaba entre todos los humos, para ser él, para ser humo, para ser más.

Y era el humo el que poblaba, y era un campo sin vacas, y era un campo sin pasto, y era un campo sin campo.

Y era el humo el que poblaba, cacerolas sin comida, las calles inundadas de campo, de humo, de nadie y de todos.

Y era el humo el que poblaba, los camiones sin comida, las alacenas vacías, las barrigas insatisfechas de todos los más menos.

Y era el humo el que poblaba, adentro y afuera; y a los que están arriba, también les llega el humo.

Y poblaba, sí, lo hacía, adentro y afuera, y más adentro y más adentro. Era como el humo del asado, de la carne… qué ironía.

Que no lo manden afuera, que no lo dejen adentro. Que todo sea de todos. Que nada sea de nadie. Que no se busca un comunismo, una anarquía, una dictadura. Se busca, entre el humo, un país. Se busca, entre el humo, gente sin hambre. Se busca, entre el humo, un pueblo que sea pueblo. Se busca, entre el humo, un país con nombre. Un país sin humo, un país descacerolado, un país; Sí, un país.

17/06/08

jueves 5 de junio de 2008

Broto de mis versos


En la ausencia presente,
tu presencia perdida

24/07/05

Eclipsar


Eclipsamos sentimientos,

nihilistas de aflicciones.

Espiramos polvorientos

recuerdos de estaciones.

Traficando conmoción,

Embajadores de alexitimias.

Pirateamos con pasión,

Indeseadas alevosías.

2005


Como si precisáramos la mentira


Frecuento miles de imágenes

Permanentes o fugaces

Vueltas y revueltas.

Concurro y recurro

A un mundo imperfecto.

Tal vez despego,

Pero no quiero creer.

Sólo voy a actuar

A que todo resbala,

Resbala como un tobogán

Cuando llueve.

Entonces sirve la lluvia,

Cuando ayuda a lo que gusta.

Sigamos actuando,

Somos:

Actores

Guionistas

Directores

Productores

Y público.

Más que nada público,

Espectadores refractados

Que hoy protagonizamos,

Pero sólo podemos ver

Cuando de un golpe nos sacan

Como si precisáramos la mentira.

19/04/05

lunes 2 de junio de 2008

Espiral


Lleva las nadas a cuestas.

Coma espiritual.

Parpadea,

Entonces, el oleaje de tactos

con el humor vítreo

se estremece, resurge de

añejos sollozos y

la espiral perenne

fenece entre marcos

y óleos. Se desliga

de la pintura memorial.

De ignota existencia.

13/10/05

jueves 29 de mayo de 2008

La muda



La habían planeado mujer, la concibieron sin palabras. Ella, su madre, la gestó muda. Él, su padre nunca le habló a su madre. Ella, su madre, la abandonó al olvido. Ellos, sus padres, se dieron a la fuga.

La llamaban la muda. La creían sin palabras, la pensaban sin pensamientos. La trataban como un animal, la sabían sin lenguaje. Le quitaron la dignidad, la condenaron a la miseria, la encerraron en una jaula, la castigaron con los silencios.

La esclavizaron a lo salvaje, la enjaularon en una selva, la consagraron virgen violada, la forzaron a la reserva. Le sustrajeron la inocencia, la presumieron enferma, le comprimieron el orgullo, la aprisionaron en su indignidad.

Ahora les habla la muda. Y es a mí a quien sometieron; ya no sabré pensar, ya no sabré parir.

Se vieron crímenes y atrocidades, se supusieron afonías ante calamidades.

Hoy, la muda no sabe hablar. Hoy, la muda va a escribir.

29/05/08

lunes 26 de mayo de 2008

Repartidor


Llegó carta de Córdoba. Esta vez era un hombre de unos cuarenta y tantos, en un viaje de trabajo que se había extendido varios meses. Llevaba medio año sin ver a su esposa, la extrañaba tanto, y deseaba saludarla como lo hacía todas las mañanas, con un cálido beso en el desayuno, una mirada tierna, una caricia en el pelo. Vivía en un barrio de Capital, una zona tranquila, librada de las obras en construcción que tanto molestaban en esos días. Se encaminó hacia la dirección que indicaba el papel. Tomó los recaudos de seguir al pie de la letra las instrucciones detalladas por el signatario. Al bajar del colectivo, anduvo las cinco cuadras, media a la derecha, cruzó. Se encontró efectivamente, tal como lo anticipaba la nota, con una puerta de madera henchida, de un verde estropeado y abundante perfume a humedad. Tocó una vez el timbre, dejó pasar tres segundos y reiteró el toquido, pero con una pausa mínima; lo que se extendió a tres veces. Por la ventana asomóse, husmeando entre las cortinas, un pequeño perro de orejas largas, flacas y entristecidas (le recordaba a una fotografía de su abuelo cuando niño). Segundos más tarde una voz asombrosamente femenina sucumbió, causando la huída del can y un ligero ladrido pequinés. El ojo de la mujer portadora de aquella voz hizo su primera aparición a través del ojillo de la puerta. Corroboró que el repartidor tuviera la seña de la que le había advertido y con un alegre golpe seco, abrió la puerta. Sin emitir palabra, extendió su brazo en señal de que pasara. Eugenio, acostumbrado a aquel tipo de situaciones, olvidó por completo sentirse incómodo. En cambio logró apreciar los delgados huesos de la señora, que junto con una piel pegada a ellos, consolidaban una imagen cuasi imperceptible. La tomó por la espalda con su brazo derecho, con el izquierdo terminó de cerrar la puerta. Luego, corrió el mechón de pelo que tenía ella sobre su cara, lo extendió hacia atrás y lo sostuvo con la mano sobre el resto de la mata de cabello. Había quedado impresionado con los ojos. Si bien ya había visto un anticipo a través de la mirilla de la puerta, notó sin su mediación lo increíblemente hundidos y grises que resultaban. Admiró también la finura de sus labios, la flacidez de las mejillas. Todo en ella conformaba una estupenda silueta humana. Una ráfaga de responsabilidad turbó su admiración hacia aquella dama. Miró una vez más sus ojos, hizo una caricia perruna en su cabeza y le dio un beso seco. Se echó hacia atrás para recibir la respuesta con todo su ser. Aureliana, con un gesto de aprobación, entreabrió la boca, mostrando unos enormes dientes alineados con rectitud de regla, blancos, cuidados con extrema conciencia. Se acercó hacia la boca de él y juntos compusieron un arrumaco sensible, decoroso y pasional. Pasados unos minutos, cuando ambos hubieron quedado saciados de tanto besuqueo, ella, sonrojada se tornó de espaldas, sacó de entre sus pechos un fajo de billetes y con confianza lo introdujo en el bolsillo de la camisa del repartidor. Él, cumplido, hizo un gesto sacándose la boina, con una seriedad impenetrable abrió la puerta, marchándose sin soltar las gracias.

22/05/08

viernes 25 de abril de 2008

Pretérito imperfecto



Hay una sola forma de evitar el contacto con estas sensaciones, y es vivir en el pasado. Pero no en cualquier pasado, en el pretérito, en ese pretérito imperfecto.

Tenga el lector mucho recaudo de no confundir la perfección de mi pretérito imperfecto. No es que fuera imperfecto, sino que era perfectamente imperfecto. Cómo explicarlo… Si en cuanto a competencia lingüística o gramatical se tratase, daría por sentado que usted sabría. Mas no voy a caer en obviedades, las cosas deben decirse.

Mi pretérito perfectamente imperfecto era una perfección continua, sin comienzo ni fin. Pues bien, de eso se trataba.

Hoy se vive con un gran esfuerzo por evitar ser capturado por ese pretérito, por conjurar un futuro compuesto perfectamente. Los pluscuamperfectos son un gran engaño, simulan haber vivido con anterioridad y por eso se estiman superiores. Ni hablar de que el presente es el más aburrido de estos imperfectos tiempos verbales. Y con verbales me refiero al Verbo, a la palabra, a la persona, a la no persona, al diálogo de aquel pretérito.

Ahora no sé si perfecto o no; pero lo que sé es que fue, y ya no es. Había sido, habrá sido, pero ya no está siendo. Era, y ya no será.

25/04/08

Vacante


Acumulo los vacíos de tantos hombres. Colecciono rechazos y los tiro por doquier. No me jacto de ellos. Pero, qué más he de hacer. Me lleno de ausencias y estoy sola otra vez. Es de esas infinitudes insaciables mi recuesta. No tengo ningún tipo de remedio, tampoco existe una reversa. Tan difícil es hallar comodidad… Un abrazo que se sienta, una mano que haga música con los cuerpos.

Vencida. Voy a seguir entre almohadas y libros, queda un espacio, mas no cualquiera ha de entrar. Una mediad de cuerpo, de alguna manera tendremos que complementar.

Es un imperio mi demencia, ay de aquel que no esté conquistado. Pero presentaré renuncia, si sigo perdiendo terreno.

Es el terreno el que ausenta, ese que fue tan amplio, enfermizo. Me hacía bien de una manera absurda.

La ilusión sigue rondando en mí, impartiendo juicios erróneos.

Soy perversa, una de esas peligrosas visiones. Que mi locura es irremediable, que mis silencios son agonías de hombres, que mis manos tan poco delicadas siguen conjurando planes malévolos… lo sé demasiado bien. Lo sé hasta perderme en la seguridad y ser una pequeña y volátil ceniza. Como un fósforo dinamitado por las sudestadas.

Como yo hoy, enlluviada y a la espera. Entrajada de espanto, temblando de mí. Me aterrorizo. Llena de cenizas convulsiono al mirar mi mente. Congelada ardo. Sigo bostezando por mis viejos fundamentos de vida. Quiero despegar hacia una nueva religión donde no haya luciérnagas que fermenten, sino desconocidos habitantes que me sometan a estar acompañada y ser otra, más. Basta de bastos, espada, sangre. Y ahora, la copa, hecha de oro, se llena de mí, para secarse de vos.

2007

Sordina


Torcería mi forma de pensar, la doblaría, un bollo, a la basura. Me azotaría, flagelaría, crucificaría, suicidaría. Estornudo y sigo sacando microbios, tus gérmenes. Esos que sembraste cual cizaña, ahora arraigada a mis pulmones, a mis cinturas, a mis hombros. Nacieron como extraños en terreno desconocido. Ahora estoy inundada de vos y cansada de estarlo. No hay qué pueda recorrer sin tenerte. No quiero escribir más sobre vos. Lo suplico. Vivir sin tu culpa hostigándome, sin tu comisura mordiéndome las pestañas, sin tu voz encerrándome en mis propios silencios aislados de vos que ya no tienen ningún sentido. Silencios sólo profundos con y por vos. Ahora tan insulsos, como todo. Si supieras, entendieras las razones… Pero tenes razón, es tarde. Tu guitarra no está más. ¡Tu guitarra…!

2007

Pretensiones


Quiero ser un oso, hibernar y dormir. Olvidarme de todo.

Un koala, quizás. Aferrarme a un árbol, vivir de su alimento. Recorrer cada eucalipto del bosque.

O mejor un mono. Esos sí que son divertidos, todo el día con monerías. Encima comen banana.

Los caballos me caen bien. Ico corre todo el día con sus amigos en busca de arroyos. Me hacen reír.

Un perro. Me miman, me alimentan, una cucha. Si es una familia generosa: hasta huesitos de goma y otros chiches.

Pero… ¿Para qué quiero ser todo eso?

Debe ser que después de ocho meses y medio de estar acá estoy cansado de esta sociedad materialista, consumidora y egocéntrica.

Mami: Ojalá nunca me saquen de tu pancita. No quiero vivir en carne propia lo que imagino, es allá afuera…

2003

Porque quiero


Me da bronca porque quiero. Me da bronca porque no me es indiferente. Me da bronca porque todo el tiempo me frustra la impotencia de cambiar lo que es mi entorno. Tanta porquería y yo acá sentada, escribiendo... Escuchando violencia, sintiéndome desahuciada dentro de un mundo que no está hecho a mi medida, que obliga a adentrarme en mi mente para inventar otro mundo más flexible, más moldeable a la perfección. Siento cómo asfixia que no sea así, cómo punza en la garganta.

12/11/06

Enmoño



Cuando era chiquita, Mamá siempre me peinaba y me ataba moños en el pelo. Los ataba bien, bien fuerte, me llenaba la cabeza de moños… No sé bien cuándo fue que de tan fuerte que estaban atados, se fueron adentrando, y ahora mi cerebro está revuelto con moños. Algunos se enredaron con recuerdos, otros con pensamientos, el resto con mi capricho artístico. Ahora nomás hago cuadros enmoñados y que se despeinan.

Debe ser que después de tanto despiole, cada cuadro que hacía, iba quedando con un pedacito de materia gris, enroscada con moños de diferentes colores.

2006

Eustaquio

Eustaquio nació hablando. No recuerdo ya si fue hace seis o siete años, no hay una fecha precisa. Nació por ella, le dio vida su llanto.

Creaba historias delirantes para satisfacer una inquietud de charla. Con el tiempo fue perdiendo voz. Hoy ya no puede ser como antes, mientras ella siga creciendo. Algún día, quién sabe cuánto falta, no será más que un vestigio de su infancia. Pero él seguirá existiendo, lo hará siempre y cuando la niña (ya no tanto) conserve intacta su ingenuidad y capacidad risueña.

Eustaquio no es más que una parte de mí, pero cuántas veces he deseado ser totalmente él…

marzo de 2008

Caracol


Solía recorrer toda suerte de museos, bibliotecas, teatros, centros comerciales, galerías. No tenía ninguna clase de atracción artística para con el arte… ni cuadros, ni esculturas, ni arquitectura, ni libros, ni obras de teatro, ni disposición de mercadería, ni análisis sociológico, ni nada por estilo. Paseaba por esos sitios que tuvieran escaleras, las estudiaba, las examinaba minuciosamente, las pisaba regodeándose de ello y luego las besaba con el pensamiento. Podría sonar irónico, pero las tenía en un altar.

Contaba los escalones, los repetía, inspeccionaba si variaría en algo el hecho de que se subiera o se bajara. Efectivamente se producía un cambio atroz. La perspectiva era tan diferente. Los objetos iban en otra dirección, miraban con otros aires, se plantaban de otra forma frente a él.

En los centros comerciales se paseaba por las noches, cuando todos los locales estaban cerrados y las escaleras mecánicas apagadas. La sensación vertiginosa que producía pisar cada escalón cuando en realidad debería estar elevándose sin que uno tuviera que mover los músculos de las piernas, haciendo un esfuerzo sobrehumano para poder levantar los pies de aquel magnético piso móvil y engañoso.

En los museos admiraba las empinadas escalinatas con peldaños de granito cubiertos por lujosas alfombras bordó.

Visitando bibliotecas descubrió que aquellos anchos y fúnebres escalones de madera escondían años de sabiduría, de anécdotas polvorientas.

Sin embargo, la mayoría del tiempo, lo que más disfrutaba era pasar las horas escalando por las espirales acaracoladas de las galerías.

Esa madrugada había salido con el traje de alpinismo, por si se topaba de casualidad con alguna montaña en el camino o quizá, escaleras dignas de encumbrar. Se acercó con paso terco y decidido. Al pie de este monstruoso adefesio caracolesco, se puso de rodillas, tomó con la mano izquierda su cadera y con el índice derecho dibujó sobre la primera grada una especie de signo indescifrable. Inclinó su cabeza, profirió una frase espiralada, se descalzó y sin más se dispuso a ascender.

Lo hacía concienzudamente, no dejaba atrás un pie, sin haberlo premeditado con todos los escrúpulos necesarios, así le llevara lo que le llevara. Cada escalón tenía su encanto, su historia, su exigencia de ser tomado como único, de ser amado, de ser pisado con cada milímetro del pie, de forma correcta, sin error alguno.

Lo curioso es que luego de haber contado tresmildoscientosdiecisiete, se paralizó. No porque estuviera cansado, su cuerpo jamás se fatigaría en la escalada de aquel monte de cemento curvo, sino porque su capacidad sensitiva se había atrofiado y ya no sentía como antes cada pisada, ya no le otorgaba aquel placer capaz de transformar las minucias en inconmensurables pinchazos del piso en la piel desnuda. Tampoco podría abandonar el rito a esa altura de las circunstancias.

Tomó fuerzas, obligándose con voluntad y desprecio arrastró en una última convulsión su cuerpo desfallecido hasta una puerta de vidrio opaco. Sobre ella, una inscripción en metal dorado relucía debido a la luz que emanaba la masa tendida, dejando entrever una inscripción: “aquí yace un héroe moribundo, había recorrido tanto para encontrar ésta, su casa, su escalón confortable”.

03/04/08

Más tierra a la tierra


Te reías siniestramente, un payaso riéndose de su público… Escribías en un mármol algo, pero una espalda mimesca impedía que se vieran las palabras que formaban tus letras talladas. Siempre había pensado que tu grafía tenía mucha fortaleza, quizá ahora aquellas especulaciones lejanas, cobraran significado.

Una inquietud extrañamente aquietada invadió mi cuerpo. Primero había creído que era otra obra más que se estrenaba, una más en la que triunfaban el orgullo, la miseria, una soledad nueva incrustada en los huesos. En una segunda instancia supuse que debía ser alguna de las ironías crudas, perversas que congeniaban (antes solíamos congeniar). O por otro lado, hundiéndome en cavilaciones aún más inauditas que lo común, vislumbré la escena mentalmente.

Te acercabas y te alejabas, una imagen intermitente. Pero cada vez era más débil. Una sombra entrometida impedía que se viera el cuerpo completo. Iba oscureciendo, no se sabía si era un cuarto, un río, una intemperie; sin duda, un rincón álgido. Ningún objeto se presentaba cercano para colaborar con luz a la renegrida acción. Me confundí repentinamente al oír un saxofón, y esa batería. Te vi en el redoble de los platillos, te vi emanando aire y armonía desde la boca de ese instrumento, te vi perdiéndote en esa borrasca con las notas en las mejillas. Te vi escondiéndote entre máscaras, te vi sonriendo metafísicamente, te vi cubriéndote de sombras, de esa sombra. Te vi sin verte, te vi borrando nuestros cuentos, te vi deshaciendo aquellos nombres. No te vi. No se logra verte ya.

Tu cuello se fue estirando, de forma curiosa. Comenzaste a abrigarte de ese naranja que te sienta bien, que se funde con la piel. No lo veo, imagino. Mientras la tierra se deshacía bajo tus pies, seguías tallando, con un talante despreocupado, casi risueño. Un instante antes de la oscuridad total y eterna, una centella iluminó el rostro. Cómo pudiste reírte, cómo podías reír. Unos hilos violentos atravesaban tu boca, la prensaban. Eras presa del silencio, presa de una sombra, vestías de presa salvaje.

Cayeron las palas al descanso. Se fueron manchando el camino, a carcajadas, a zancadas, con un baile curioso. Pero el silencio penetraba la noche y la tierra, húmedas y olvidadas.

29/03/08

Lapsos risueños


Sonsacaba sonrisas al tiempo. Tenía la inquietante sensación de que éste huía de alguna esfera con agujas incrustadas. Se reían de él, de su entretenida confusión con la que pasaba horas y días.

Eran días sin mañanas, tardes sin noches, lunas sin cielo. Impaciente, a carcajadas recorría una pérdida de calendarios. Salteaba aniversarios, burlándose de los segundos. Atravesaba el tiempo, inmutable en su mecedora de madera.

El café, un estabilizador efectivo, no hacía más que crear ilusorios momentos anacrónicos.

Pero el reloj seguía corriendo a antojo propio. Sin responder a ningún amo.

Debió sacrificar tantas profesiones, innumerables carreras, por prestar atención a la alhaja inútil que se mecía en su muñeca. Reminiscencia que vaya uno a saber cuándo le había dejado alguien. Imposible recordar quién, se ocupaba demasiado de aquel artilugio como para conocer otra cosa.

En fin, alguna vez había existido vida dentro de él; algún amanecer espléndido le permitió (antes o después de aquella tortura tictaqueante) acordarse de una mujer, grabarla en la memoria desaparecida de una eternidad inmóvil.

13/02/08

Desteñido


Un grito desahuciado, descolorido, sin tinte. Un grito mutante, iba adoptando diferentes estados.

Corría el rumor de que su muerte había sido consecuencia del aislamiento, era un completo ermitaño. Sin embargo, algún rastro ha quedado. Daba a entender que el grito tenía vida propia, lo parió desde sus entrañas. Simplemente el embarazo había durado veinte años.

Salió de su boca, salpicando, visitó tantos oídos sordos, inquieto iba y venía, subía y bajaba. Tenía incontables tonos. Agudo, vivaz, grave, ronco, agonizante, tieso, juguetón y hasta silencioso. Enmudecido por los gritos de la casa, paredes que también hubieron de parir gritos.

Supo arrasar con la pintura, resquebrajar el techo, oscurecer el sol que se arrastraba vagamente por las hendijas de la ventana.

Los objetos fueron cobrando un negro profundo, o un blanco que contrastaba tanto. Algunos grises se mezclaban.

Y los colores escurriéndose deprisa, por las grietas; como él…

El grito seguía, muchos creemos que nunca se apagó. Será que no está muerto, será que ahora su tumba grita, más fuerte, más dolorosa.

12/02/08

Frenesí



Giraba la cabeza en un ángulo de setenta grados cada vez que alguien llamaba su atención. Aquella noche era un muchacho el que resaltó entre aquel gentío. Tenía esa maldita (o bendita) costumbre de fundirse con aquel que pasara; caminar a su compás, pensar a su ritmo, hablar a su letra.

Al doblar él la esquina, ella continuó en la dirección en que venía, al menos sus piernas lo hicieron… Los ojos captaban lo que Francis miraba, la mente…

Esta vez no pudo evitar que ese hombre la poseyera, o más bien ella lo poseyera. De todos modos la situación era insólita. Es decir, no es que Eleuteria fuera otro, ese muchacho. Es que era ambos a la vez. Cómo describirlo. Quizá sea mejor remitirse a los hechos concretos, el resto se dará por sentado…

Era la calle, la misma calle por la que acostumbraba marchar todas las noches, en busca de gente con la cual tener alguna empatía en particular. Si bien ella era tan perceptiva, no todos eran compatibles. Pues con él ese joven tan deforme y peculiar, le era absurdo evitar el contacto. Era imperiosa la fusión.

Su furia la retraía, se dejaban penetrar con los pensamientos imberbes. Una atracción rusa, tosca. Ambos callados, alguno gritaba tanto interiormente que las tripas se anudaban. El otro quería ensordecer para no escucharse. Urgía la necesidad de correr hasta la punta más añeja de los cuerpos, el rincón más hundido, más trágico. Lo odiaba.

Eleuteria miró por sobre el hombro de la mujer que estaba pasando a su derecha. Ahora simplemente era él, ya no poseía más la capacidad de estar en sí misma. Pertenecía a Francis.

El cuerpo ahora ausente de ella vagaba opuestamente a los fusionados. Se desharía en cualquier momento, convirtiéndose en un montículo de cenizas. O tal vez siguiera vagando, por las calles, sin rumbo, eternamente, como tantos otros cuerpos, vacíos. Totalmente huecos de vida.

Goteaba sudor, ganas de plasmar en una nota la demencia que circundaba. El tacto soso, la pista de cera. Comenzó a chorrear angustia. Primero se derritió el instinto. Luego los pies fueron absorbidos por el suelo, y la salsa cerebral escapó. En reemplazo, una pasta de sensaciones invadió una parte del OTRO cuerpo (acaso todo).

Trenzaban un suicidio mutuo, enervados, excitados. Permitió, Eleuteria, que él tocara el rostro que los encerraba. No entendían por qué.

Sin embargo seguían (o seguía alguno) caminando. Querían tener una presión externa que explicara el porqué de los cuerpos plegados. El plegamiento, la eclosión aislada. Claro que era una eclosión, la de sus esencias. Y es que urgía tanto ese acto intolerable del suicidio mutuo porque lo intolerable eran ellos, era que no había prueba física de la fricción mental, del terror que ocasionaba esa demencia conjunta.

Él es demasiado natural para ella. Ella no soporta el control propio que él alberga en su naturalidad. Él adora la aberración de ella. Ellos son opuestos, y están disueltos y enredados. Es un enredo tan profundo que no puede continuar.

Son apocalípticos. Y este universo nunca fue fundado.

Casi me quedo sin final


Guardaba las palabras escasas y necesarias en el segundo cajón de la cajonera dentro de la cajita que me había regalado en mi decimocuarto cumpleaños la tía Giovanna de Italia. Tenía la sensación de que en cualquier momento podría llegar a perder la noción del tiempo y del espacio, por lo tanto llevaba tan memorizado cada detalle que hasta abarcaba toda la capacidad de obsesivo compulsivo que alguien pudiera llegar a tener. Al fin y al cabo, esas palabras eran las que le otorgaban sentido a mi existencia; es decir, a la existencia de cualquier ser humano, que al fin y al cabo también soy humano y los demás lo son en mí, también.

No era tanto el temor a que se perdieran por algún rincón de la casa, como me ha pasado tantas veces, sino a que se mezclaran y desparramaran; al punto en que ya no sepa cuál va primero y cuál la sigue. Es algo realmente terrorífico cuando uno lo vive. Claro que cuando uno muere no importa, sólo si se desparraman también en el epitafio. Pero quién se iría a enterar más que el resto del mundo. Como uno ya no forma parte de los vivos, qué le molestaría. Uno nunca puede descontar el hecho de que siempre existe gente más obsesiva que uno y anda atrás de los detalles hasta después de muerto, pero no vamos a buscar las excepciones. Para gente con problemas tenemos suficiente conmigo, supongo. Tampoco vayan a pensar que me creo más importante que los demás o soy un egocéntrico idólatra. Sólo que…

Ciertamente, ese mismo día en que había guardado tan escrupulosamente “esa” palabra en el último rincón de la cajita, dentro del segundo cajón, en la cajonera, me dirigí al banco de la plaza. A tomar sombra. Como todas las noches de saturno. Estaba acostado en la banca del plazón, tomando mate de ginebra, cuando aquella muchacho apareció y mirando sigilosamente la sol, me dijo que ya era temprano para no esperar los colectivos de las cinco. Yo, me acerqué a la niña y cuando estaba a punto de dirigirme hacia su hocico estornudé un zapato. Ella me agradeció y reímos tanto. No pude hacer más (o menos) que invitarla a sonarme los mocos en la cocina de casa. Para eso tuvimos que esperar como toda una tarde mañana el tren de las cortinas doradas. ¿Doradas? Mas qué menos digo que me hacen las cortinas. Como venía relatando, ellos vinieron a casa a jugar ping pong. No les invité con jugo de pomelo, porque no tenía; pero al abrir la alacena, advertí que sólo había pelotas hundidas en duraznos fritos. No podíamos hacer menos más que comerlas todas.

Era una maravillosa noche de verano azul violáceo. Veníamos caminando con mi nieta Serpentina por la calle 29 de febrero y en la esquina que hace intersección con Cochabamba nos detuvimos. Ella miró a la izquierda, yo miré a la derecha. Ella buscaba al vendedor de los palitos de azúcar, yo buscaba una nueva esposa.

El muchacho que había invitado a casa se posó sobre el peluche y rezongó. No quería tomar la chocolatada. Ella miraba dibujos animados. Me había contado bajo los árboles del bosque donde hubimos estado charlando, que también buscaba una esposa. Es decir, un marido del cual ser la mujer. Yo ya tenía muchos años encima. Y ella… ya me tenía encima. No habíamos podido esperar. Es decir, ella yo no habíamos podido esperar. Quizá ella tampoco tenía indigestión los domingos abiertos de primavera, pero él no querrá que la hamaca se desgarre.

Después de todo el escándalo, la vecina del fondo llamó a la policía. Vaya que cuando llegó, miré al juez y lo invité también a que se sonara los zapatos. Había tenido un largo viaje en ambulancia, no fuera a caer en camiseta del cansancio. Una o tres gotitas de sal helada bastarían. Para todo esto, mi nuevo marido que había contratado en el plazolín que queda a tres cuadras de la avenida principal que cruza por unos metros mi casa con galpón en el fondo, estaba recostada en sus nuevos aposentos. Cuando el oficial Bermudacorta se desajustó la camina del calor y se le desató sola la soguita del tutú porque la barriga hacía presión, lo invité nuevamente a pegarnos una ducha ya que mi mujer también estaba sentada en el lavarropas. Aceptó alegremente. Tuvimos una maravillosa velada. Tan risueño por los caños y las tostadas ya estaban listas. Qué tragedia.

Me alivia mucho saber que sólo es un problema esporádico, ya que es totalmente incontrolable. Algunos médicos recomiendan que guarde silencio y quede postrado, absolutamente mudo. Usted no irá a creer que sólo por esta inmunda complicación yo voy a convertir en desuso este don de poder utilizar los órganos que tengo. Qué idiotez. Por eso no me agrada juntarme con médicos. Siempre haciendo alarde de sus títulos. Como si eso fuera a dar alguna muestra de sabihondez… Pero qué cómico. Como si no pudiera yo, YO, hacer alarde de mi perfecta retórica. Si no fuera por esa estúpida y desgraciada vida…

Esa tarde noche le dije a Serafina, mi nuevo esposo, que mi nieta y yo saldríamos a dar una vuelta, como siempre hacíamos los saturnos por la madrugada. Así que llamé al perro y salimos correa abajo. Las peladas siempre andaban bien, me contó. Se había comprado un nuevo tocadiscos. Y lo bien que sonaba cuando lo tocábamos con champagne. Pero siempre todo de buena marca. Los nietos habían enseñado que no hay que escatimar con la sandía y mucho menos si los granaderos siguen girando. Paramos en el puesto de churros y le compré un girasol anaranjoso. Siempre le encantaban con churrascos a la bolognesa. Nos fascinaba cuando Serafina nos pintaba en los platos las manzanas de Newton. Pero teníamos que seguir caminando. Entonces miré a mi nieto severamente y le advertí que…

Las últimas palabras que puedo sacar del cajón, y queda atorado, justo ahora… Porquería… ¿Dónde habré dejado el abrelatas? ¡Serafina! ¡Traeme un martillo!

Ya no iba a dejarla más, todas esas tardes noches en que no podíamos hablar, iban a acabar. Serpentina, tan dulce, tan salada. Yo no podía seguir viviendo así. Y ella tampoco.

Serafina, menos mal que me trajiste el abrelatas, casi me quedo sin terminar mi cuento. Ahora apurate, dale, cambiate eso, estás muy colorinche, ponete el vestido negro que le vamos a llevar claveles atulipados, como todas las tardes noches de saturno a mi amada Serpentina, que está en la plazoleta, justo donde siempre se esconde, debajo de esa piedra…

Serpentina, pronto te voy a ver, no era mi culpa padecer esto. Vos éramos tan joven y no entendían nada. Decías que no sé hablar. Pero sí sé hablar. Vos no sabés escuchar.

Escuchar.

Escuchar.

10/12/07

Olivia


Gentío revolucionado. Olivia estaba entre ellos y se sentía realmente a gusto. Le generaban la necesidad de correr desnuda y exigirles, suplicarles que la tocaran, que le hiciesen el amor con la mirada, que la desearan hasta odiarse por no poder controlar los impulsos. En su mente (o quién sabe si no fue así en verdad) con tal de satisfacer lo que hubiesen querido hacerle, no les quedó otra opción que masturbarse unos a otros. Sin importar el tipo de sexualidad que tuvieran en un principio. Ahora todo giraba en torno a Olivia.

[Y es que así se desarrolla el mundo, en torno a Olivia. No hay otra manera de funcionamiento en él.]

Se imaginó en un dique, con dientes macizos y un pelaje nada suave. Fue la copa de un pino, o quizá fue un ombú.

Transformóse en ardilla, serpiente y espantapájaros. Y espantó pájaros. Si lo habrá hecho… Es que quién mejor para instigar a huída de cuervos o gorriones, que Olivia.

Todos lo sabían, Olivia es y fue el común a todo. No exagero al utilizar términos tan globalizadores, pues así me lo contó ella. Y quién dudaría de su palabra. Ay de quien se atreva en mi presencia.

Se detuvo junto a mí y me exigió que introdujera el meñique de mi pie izquierdo en su boca. Claro que me dio tal desagrado que mi respuesta surgió de lo más profundo del estómago hasta fenecer lentamente en la garganta. Por supuesto que obedecí, quién no lo haría ante esa voz ronca y gestada entre ironías floreadas.

Se levantó sobre los hombros de aquel extraño que le estaba dando el mejor sexo y bastó con que emitiera una aclaración de garganta para que la muchedumbre cesara toda labor y quedara perpleja, admirando su pelvis inmaculada, su voz irritantemente sensual, sus caderas deformes e insulsas.

Allí estaba yo, esperando que Olivia me diera la explicación correspondiente a ese acto. Pero como era de esperar, me produjo un orgasmo en virtud de que su lengua raspaba cada grieta de la huella digital de mi meñique izquierdo. Continuó el ritual hasta conocerlo de memoria.

No recuerdo haber sentido más placer y gratitud.

2007

Mundo en su perfil


Recorría con la mirada distante ese horizonte altibajo. Misterios escondidos, respuestas no formuladas y una rutina demasiado aburrida.

Entonces, después de tantos años de profesión, entre figuras perfectas, atuendos esplendorosos, tomas de perfil, de frente, con más y menos luz, contrastes, sombras, tonalidades, poses, escenografías y contornos; se sintió vacío.

Necesitaba alguien, algo… Un toque especial.

Recurrió a lo que se había negado muchísimo tiempo, desde la infancia. Fue solo al río, se sentó en la misma roca (no había cambiado nada por ahí), para oír el sonido que hacen las uñas al crecer, (como decía su papá años atrás). No sabía bien porqué, esa frase le quedaba retumbando.

Luego de incontables veces, comprendió el discurso mudo y se dio cuenta de su verdadera vocación. Así supo que debería innovar en ese automatismo superficial, haciendo caso de lo que le susurraban las uñas. No precisaba más que ponerse en marcha. Le llevaría un buen tiempo seguramente, pero valía la pena tardar todo lo que fuese necesario. Porque ese pensamiento era el que él, Geroldo, tenía que concretar.

Comenzó a caminar. Quizá sin sentido, quizá sin porqué. Prefería dejarse llevar por el interés de un cambio. Ni siquiera pensaba ya, totalmente inmerso en una nube de extraños sentimientos.

Caminaba y caminaba. Seguía buscando la peculiaridad que le llamase la atención, tanto como quería.

Pasaron tal vez siglos, tal vez segundos, o más bien horas. Muchas horas, hasta que lo encontró.

Era aquello. Lo supo de inmediato.

Una ensalada perfecta entre paisaje y humanidad. Casi utópico. Más bien utópico. Geroldo se asombró de los matices refugiados en la mirada de ese niño. Nunca había visto el amor personalizado, pero esa imagen… sobrepasaba el límite de cualquier sueño, vuelo, deseo o intento de trascendencia. Era más. Mucho más que demasiado perfecto.

Todos los colores y tonos se fundían en cada milímetro de cielo, en cada centímetro de fauna, en cada rincón de cada alma.

De una sociedad infinita, multicolor, multiforme. De una humanidad casi no humana, casi divina, casi celestial. ¿Celestial? Hmmm… como el cielo en el ocaso o en el alba... colorido. Collage entre júbilos y congojas.

Absoluta pureza, inmaculada vivencia que presenta en un mundo tan mundano como profanado por sus mismas fauces. Era inocencia, un solo alma, todas las almas en ella.

Hizo ajustes en la cámara, no sería otra toma sin proyecto, de frente ni de espaldas. La capturó sin flash, ya había demasiada claridad.

Toma de perfil. El perfil de la tierra, de su vida, de la existencia, de la divinidad humana, el perfil del niño; el perfil del mundo. Su mundo perfecto, ideal, sublime, insuperable.

Supo que esa fotografía sería diferente. Se extendería por todo recoveco de aquel universal infinito de espíritus abandonados. Era una imagen novedosa y absoluta. Era aquel perfil del mundo, ése del que nadie jamás se había percatado.

11/09/05

Ciudad de papel


Mientras se consumía el aceite del hornito aromático, iba extinguiéndose la noche.

Habían pasado infinidades de páginas juntos. Desde las ya amarillentas de los textos ovídicos, hasta las más pulcras y afiladas de Gambaro, sin dejar de lado, por supuesto, los imprescindibles clásicos. Todos ellos eran la base del romance; Pabla y Filiberto, platónicos. Más allá de que los personajes que interpretaban en sus agotadoras vigilias de representaciones teatrales se simbiotizaran; y en ese caso, únicamente en ese caso…

Quizá también deberían ser protagonistas de alguna ciudad de papel, en la que enanos de carbono y los demás componentes químicos, se regocijaran de ser parte de tan sublimes creaciones. Lo único catastrófico sería que las manos de un gran escritor, mas con poca destreza motriz, dejasen caer unas gotas del café que lo inspiraba. Entonces, víctimas de aquel tsunami de cafeína, y exaltados con sus efectos despabilantes, huirían de sí mismos para refugiarse el uno en el otro.

Quizá sólo así armarían finalmente ese rompecabezas de piel y sábanas, las mismas que utilizaban de vestuario cuando se ocupaban de ser algunos ajenos que no fueran ellos mismos.

Así, llegaría una vez más el intruso amanecer a irrumpir con su obra y con su sexo bíblico; para dejar entrar por alguna hendija, algo de luz. Y dentro de la luz, el desafío a olvidar el nuevo día y sumirse en el pasado cual personaje de sus títulos predilectos. O simplemente el recordatorio de su vuelta a la oficina, interpretando esta vez los papeles de todos los días.

09/08/06

Naufragio en 2x4


El reloj seguía horando. Las gotitas caían acompasadas con el minutero. Lentamente los sonidos se fueron opacando con el girar del tocadiscos y un zigzagueante ronroneo de la púa. Empezaba a dejarse escuchar un tanguito de fondo, que iba encendiéndose al compás de la vela. El agua ya iba por los talones, de Jacinto, por supuesto. Dora con sus tacones aguja negros y las medias a tono. El constante goteo. Entre miradas furtivas, claves de sol, contrapuntos, movimientos sensuales y unos pares de piernas que venían, volvían, se enredaban, se hacían el amor y retornaban introvertidas a su posición.

Los tobillos flaqueaban, los dedos de ella, ahora entumecidos, comenzaron a buscar calidez en las piernas del compañero de baile.

El bandoneón, emocionado, aumentaba la intensidad y… los cuerpos. Los cuerpos… Provocados, totalmente excitados, se precisaban el uno al otro.

Pasaban las melodías. Ya había terminado la primera pieza. El segundo tango aligeró el ritmo del goteo. Rodillas. Casi les era imposible levantar más los pies.

Ambos eran el tango. No pudieron siquiera dejar que pasara el tercer tema, que su pollera se había trabado entre la punta del zapato y el cierre, con la media. Era demasiado tarde para detenerlo.

Sin advertir cómo, la boca de él apareció entre las pantorrillas de la bailarina y, atenazando con los dientes la tela, la desvistió por completo.

La cuarta pieza iba llegando a la mitad. El grifo casi no lloraba ya, los muslos de alguno de ellos impedían el salto de las gotas y el movimiento iba apagándose como el tango, la vela y su ardor.

Levitaron hasta no sentir el fluido que sobrepasaba las rodillas.

Dora, muy tranquila, se acercó al tocadiscos y se aseguró por sí misma de que el goteo siguiera sonando, con la misma melodía, hasta la próxima velada en 2x4.

27/07/06

Vientre desnudo


Bajaban las luces del pueblo. Los bigotes del sol nacían desde el fluido maternal de la tierra. Algunas raíces del viento soslayaban alaridos de cordilleras.

Desplomábase el día sobre Francisca. La ternura refugiada en un centímetro cúbico de sí. Y ella seguía exhalando el rocío matutino, cubriéndole el cuerpo bajo una manta de universo. Evocaba a Gervasio. Aún creía sentirlo con ella, empapándose de amaneceres, ambos y ninguno.

En una montaña empinada, sin traje de alpinismo, ni de gala, ni deportivo. Desentrajados de una realidad de la cual se regocijaban por no pertenecer. Lo anhelaba. Aún no existía la posibilidad de pensarlo fuera de ella. Quizá sin permitirse pensarlo como NO era. Quizá pensándolo como debería haber sido, y sin embargo, no fue.

No fue. Quiso que fuera y no fue.

En su cuerpo no trascendía para ella la pérdida descontrolada de líquido ni el desgarre punzante. Simplemente no soportaba la ausencia.

Se derrumbara el cielo, se despegara de la tela crepuscular algún sol sin ocre, el rostro de Francisca, impasible, plañiría la falta de Gervasio.

La tierra sesgada iba absorbiendo a Francisca. Trozos de vida, pestañas marchitas, mejillas inundadas, pelo otoñal, que se deshacían de ella.

El cuerpo descuartizado se precipitaba sobre algún hueco de erosiones, que, pronto apaciguaría lentamente, con la misma tierra, el vacío de vientre que había dejado Gervasio.

22/06/06

Sujeto tácito



Jugaban a la competencia de “no decir nada”. Se disputaban el primer lugar como íconos del postmodernismo para medir la perversidad. La medalla era seguir en la lista de los desquiciados. Parecían disfrutarlo.

Eran los ojos que sin guiones de diálogo disfrazaban los monólogos de castigos con chispas y lamentos.

Ella musitaba que si alguna vez pudiera conocerlo, sería el fin de aquel juego. No estaba completamente segura de que fuese ésa su meta.

¿En qué estaría pensando él? Las arrugas le enterraban los gestos de expresión (si es que en algún pasado los había tenido).

Las reminiscencias más precisas que recaían entre las sombras del papel y del bolígrafo, que sostenía en su mano derecha, estaban cargados de frases que él había pronunciado. ¿Frases? Rejunte de palabras que suenan algo coherentes, intentos mal logrados de metáforas. Banalidades.

Estiró la mano y le mostró la quemadura que se había originado con la máquina.

Claro, ¿cómo no se iba a herir con ese pedazo de catramina oxidada e inútil?

Ella se la cubría con un trapo repleto de líquido para limpiar el parabrisas.

Estaban en el espacio de reunión, donde ambos llevaban a cabo los duelos semanales. Varias veces estuvieron a punto de chocar por algún mate mal cebado, por la yerba derramada, por las discusiones imprescindibles.

La mano quedó tiesa sobre la palanca de cambios, ahora ella mandaba en el ala derecha del auto.

Giro desprevenido. Pudo avistar cómo doblaba el otro vehículo, cómo los vidrios polarizados del asiento del conductor imposibilitaban que viera su propio coche.

Ella sabía que el de la izquierda, el de la mano calcinada, el de los ojos de vidrio, estaba demasiado dolorido para notar otra cosa y que su orgullo no lo dejaría admitirlo.

Pero no iba a perder esta partida del juego. Llevaban veinte minutos sobre el automóvil y todavía ninguno había siquiera murmurado.

No podía volver a perder.

31/04/06

Pupila



Tenebrosa, macabra, tierna, iluminada por la silenciosa oscuridad, se escondía la muñeca de trapo detrás de la mirada del caballito con el que jugaba.

Comenzó a sentir una fría estocada justo en la pupila de algodón, donde el pony le clavaba los ojos de fuego penetrándole las entrañas. La punzada se fue expandiendo lentamente, hasta que un fuerte sonido traspasó el cerebro de tela, como una línea de insoportable temblor que culminó con el estallido de todas sus costuras, desnudando sus tripas de lana de aserrín.

03/09/04

Cuento dentro de cuento


Olor a domingo, silvestre y casero. Paul McCartney suena entre libros, apuntes, lapiceras. En la ventana un cielo. Uno de los tantos. Uno acostumbradamente contaminado, aunque hoy uniforme. Celeste infinito, ininterrumpible, por lo menos en ese sector de ilimitado color que absorbe mi ventana.

Olor a domingo contagiado con discusiones y risas, tareas, la carne al horno de Papá.

Pero mi historia nada tiene que ver con las peleas, los deberes o la comida dominguera a principios de otoño. Mi historia se basa en el cuentito que estoy leyendo mientras espero el grito de costumbre anunciando el almuerzo en familia. Poco a poco me voy aproximando al final de la famosísima narración, ya conocida mediante las frases típicas de Mamá como la inconfundible: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Intento imaginar cuál será el futuro del hombrecito de Saint Exupèry, con el libro entre las manos y tarareando la melodía de “Hope of Deliverance” en mi mente.

Creo que el Principito escucha el cantar de Paul en búsqueda de libertad, en una mezcla con mis pensamientos.

Me pide un lápiz para que dibuje una puerta en la página ochenta y tres del libro, donde ya hay un garabato. ¿Lograría escapar para que su destino no sea tan cruel como el de la flor?

El breve relato cambia totalmente, el tamaño encuadernación del ejemplar se reduce como por arte de magia.

03/04/05

Cuento dentro de un cuento


Incómodo, desparramado entre las páginas, se movía a su compás, mientras la muchacha hojeaba el libro. Iba atrayéndolo la forma en que ella lo tocaba, se sentía enamorado de su intelecto, de cómo se asía al personaje.

Esperaba el momento exacto para actuar. Un golpe fugaz. Al fin y al cabo, había sido ella la culpable con sus manos sensuales, al rozarle el alma.

Esa misma noche, recostada en la cama, echó un vistazo al libro que intuía mágico. El instante perfecto.

Cuando abrió la portada, pasó unos capítulos y al llegar a la hoja en la que el enamorado se escondía, él, con todas sus fuerzas, la incorporó al papel. Y así fue protagonista de su propia historia, en la cual, sobre el desenlace, el personaje femenino asesina a su pretendiente.

El libro cayó en seco sobre la colcha.

26/09/04

Zapatilla artesanal


Oscuro suburbio de ciudad, noche glacial.

Caminaba con precaución observando cada detalle minuciosamente.

En la esquina un hombre se detuvo a conversar con una mujer un tanto llamativa de atuendos provocadores. De por medio había una calle. Quise oír la charla. Procuré buscar algo en mi bolso para que no pareciera extraña mi presencia inmóvil y así poder escudriñar, sin sospechas.

Estaban dispuestos a marcharse cuando algo los detuvo: una chiquita que vestía un pañuelo como pollera, un lienzo sobre sus pequeños pechos, y bolsas de arpillera atadas con hilo sisal, en los pies. Se acercó a ellos. La cara manchada, los ojos café con una expresión perdida. Sostenía en su mano una bolsa de papel madera abollada.

De pronto comenzó a vociferar palabras incoherentes. Entre todos los sonidos casi indescifrables, pude distinguir un pedido, pero no llegué a apreciar de qué era.

Como ninguno le respondió, la niña al no recibir dinero, asió una navaja oxidada de su “zapatilla artesanal” y arremetió contra ambos. Sin dar tiempo a reacción alguna, de un salto sumergió el cuchillo en el pecho de la mujer y al instante en el del muchacho. Al ver que yacían en el suelo buscó a tientas en los bolsillos de la ropa, tomó sus billeteras, las guardó junto con la navaja ensangrentada en la “zapatilla artesanal” y echó a correr hacia el lugar donde estaba yo.

Me quedé ahí, esperando a que algo sucediera…

08/05/03

Del otro lado


Yacía fúnebre, volando por los aires de la imaginación con el único deseo de encontrar la razón de sus penas y la sola esperanza de solucionarlas.

¡Sólo un sorbo, uno y acabaría todo! ¡Sólo lo encontraría con... la muerte!

¡Lo hizo! ¡Lo bebió! Y con eso pasó al otro lado del mundo, fue al más allá. Pudo vislumbrar un brillo entre tanta oscuridad, que lo guió. Traspasó el reflejo del verdadero cielo, aquel paraíso... Una paz inconmensurable lo recorrió por completo.

Sus ojos fríos, perdidos en un mar de desentendimiento, recorrieron el paisaje. Miles de almas rondaban de acá para allá, soltando sonoras carcajadas, felices, alegres.

Sí, lo había descifrado, descifró la manera de deshacerse del sufrimiento.

Finalmente sería libre por toda la eternidad.

29/10/01