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domingo, 21 de septiembre de 2008

Consulta vana

Y me pregunto, hoy y una vez más, ante todos, ante esta pantalla aborrecible: qué he de plantear ante los impulsos tan salvajes, la conciencia tan perdida, la vista tan borroneada, el espíritu pisoteado. Y me pregunto, hoy y una vez más, ante todos, ante esta pantalla aborrecible: a qué recurrir cuando ya no hay emociones, cuando solo queda en algún rincón escondido, un vestigio olvidado de todo lo que pudimos haber sido. Ante la humanidad me cuestiono los orígenes de esta pereza arraigada a los huesos, de esta apatía galopante entre noches y mañanas absurdas, de esta insignificante agonía perpetua, de este rechazo inherente a la raza (humana), de esta pérdida progresiva, aniquilante de algún instinto de conservación.


Pisoteado, sí.


Aunque debería ser un signo abierto

¿
Así, sin cerrar


No espero respuesta

Pues sé que no la hay

21/09/08

martes, 29 de julio de 2008

Compensar


Escupámosle al reloj, a la conciencia, a la precisión que adolece el espíritu, a la esclavitud que nos somete.

Escupámosle al recuerdo, al rencor, a la lluvia que nos alejó, a la nieve que estuvo y a la cicatriz que aún no sanó.

Escupámosle al ruido, a las calles de asfalto, al cielo escampando.

Saquémosle al pino sus frutos y tiremos las risas al fuego.

Pidámosle al humo que eleve con él este encuentro, que llene los cerros de incienso, de éste tan nuestro, tan mío, tan pretérito.

Absorbamos, de suelo y cimiento, alguna que otra fortaleza y transportemos con aire todos estos lamentos.

Contale, humo, a los vientos, que no tengo apuro ni pienso; sólo necesito ahogarme en ningún recuerdo.

Pedirle a los pies que estén fríos, después de ningún invierno, sabiendo. Sabiendo, por dentro, vivimos en una hoguera.

Intentemos llevarle al pueblo las citas, los triunfos, los truenos. Quedémonos en el pasto, sólo los ojos abiertos.

Enero de 2008

domingo, 20 de julio de 2008

Comisura


Es la mitad izquierda de tu labio inferior, la que me extravía, la que me pierde junto con tu mejilla. Enloquezco cuando no existen más centímetros de distancia entre tu boca y la mía. Los contornos mimetizados. El ángulo perfecto.

La mitad izquierda de tu labio inferior me fascina, como la imagen que espío cuando no debo, la tentadora imagen de tu comisura enredada con mis dientes. O la sequedad de boca, con las palabras vanas pronunciadas. Y es que si te dieras cuenta de la necesidad nula del discurso. Ya sé lo que dirás, ya sé lo que contestarás cuando hable. Pero así y todo, son los contornos de tu boca y el desierto enmudecido que me incita a humectarlos, a sentir correr un arroyo, como oasis en tus fauces.

2006

jueves, 5 de junio de 2008

Como si precisáramos la mentira


Frecuento miles de imágenes

Permanentes o fugaces

Vueltas y revueltas.

Concurro y recurro

A un mundo imperfecto.

Tal vez despego,

Pero no quiero creer.

Sólo voy a actuar

A que todo resbala,

Resbala como un tobogán

Cuando llueve.

Entonces sirve la lluvia,

Cuando ayuda a lo que gusta.

Sigamos actuando,

Somos:

Actores

Guionistas

Directores

Productores

Y público.

Más que nada público,

Espectadores refractados

Que hoy protagonizamos,

Pero sólo podemos ver

Cuando de un golpe nos sacan

Como si precisáramos la mentira.

19/04/05

viernes, 25 de abril de 2008

Caracol


Solía recorrer toda suerte de museos, bibliotecas, teatros, centros comerciales, galerías. No tenía ninguna clase de atracción artística para con el arte… ni cuadros, ni esculturas, ni arquitectura, ni libros, ni obras de teatro, ni disposición de mercadería, ni análisis sociológico, ni nada por estilo. Paseaba por esos sitios que tuvieran escaleras, las estudiaba, las examinaba minuciosamente, las pisaba regodeándose de ello y luego las besaba con el pensamiento. Podría sonar irónico, pero las tenía en un altar.

Contaba los escalones, los repetía, inspeccionaba si variaría en algo el hecho de que se subiera o se bajara. Efectivamente se producía un cambio atroz. La perspectiva era tan diferente. Los objetos iban en otra dirección, miraban con otros aires, se plantaban de otra forma frente a él.

En los centros comerciales se paseaba por las noches, cuando todos los locales estaban cerrados y las escaleras mecánicas apagadas. La sensación vertiginosa que producía pisar cada escalón cuando en realidad debería estar elevándose sin que uno tuviera que mover los músculos de las piernas, haciendo un esfuerzo sobrehumano para poder levantar los pies de aquel magnético piso móvil y engañoso.

En los museos admiraba las empinadas escalinatas con peldaños de granito cubiertos por lujosas alfombras bordó.

Visitando bibliotecas descubrió que aquellos anchos y fúnebres escalones de madera escondían años de sabiduría, de anécdotas polvorientas.

Sin embargo, la mayoría del tiempo, lo que más disfrutaba era pasar las horas escalando por las espirales acaracoladas de las galerías.

Esa madrugada había salido con el traje de alpinismo, por si se topaba de casualidad con alguna montaña en el camino o quizá, escaleras dignas de encumbrar. Se acercó con paso terco y decidido. Al pie de este monstruoso adefesio caracolesco, se puso de rodillas, tomó con la mano izquierda su cadera y con el índice derecho dibujó sobre la primera grada una especie de signo indescifrable. Inclinó su cabeza, profirió una frase espiralada, se descalzó y sin más se dispuso a ascender.

Lo hacía concienzudamente, no dejaba atrás un pie, sin haberlo premeditado con todos los escrúpulos necesarios, así le llevara lo que le llevara. Cada escalón tenía su encanto, su historia, su exigencia de ser tomado como único, de ser amado, de ser pisado con cada milímetro del pie, de forma correcta, sin error alguno.

Lo curioso es que luego de haber contado tresmildoscientosdiecisiete, se paralizó. No porque estuviera cansado, su cuerpo jamás se fatigaría en la escalada de aquel monte de cemento curvo, sino porque su capacidad sensitiva se había atrofiado y ya no sentía como antes cada pisada, ya no le otorgaba aquel placer capaz de transformar las minucias en inconmensurables pinchazos del piso en la piel desnuda. Tampoco podría abandonar el rito a esa altura de las circunstancias.

Tomó fuerzas, obligándose con voluntad y desprecio arrastró en una última convulsión su cuerpo desfallecido hasta una puerta de vidrio opaco. Sobre ella, una inscripción en metal dorado relucía debido a la luz que emanaba la masa tendida, dejando entrever una inscripción: “aquí yace un héroe moribundo, había recorrido tanto para encontrar ésta, su casa, su escalón confortable”.

03/04/08

Casi me quedo sin final


Guardaba las palabras escasas y necesarias en el segundo cajón de la cajonera dentro de la cajita que me había regalado en mi decimocuarto cumpleaños la tía Giovanna de Italia. Tenía la sensación de que en cualquier momento podría llegar a perder la noción del tiempo y del espacio, por lo tanto llevaba tan memorizado cada detalle que hasta abarcaba toda la capacidad de obsesivo compulsivo que alguien pudiera llegar a tener. Al fin y al cabo, esas palabras eran las que le otorgaban sentido a mi existencia; es decir, a la existencia de cualquier ser humano, que al fin y al cabo también soy humano y los demás lo son en mí, también.

No era tanto el temor a que se perdieran por algún rincón de la casa, como me ha pasado tantas veces, sino a que se mezclaran y desparramaran; al punto en que ya no sepa cuál va primero y cuál la sigue. Es algo realmente terrorífico cuando uno lo vive. Claro que cuando uno muere no importa, sólo si se desparraman también en el epitafio. Pero quién se iría a enterar más que el resto del mundo. Como uno ya no forma parte de los vivos, qué le molestaría. Uno nunca puede descontar el hecho de que siempre existe gente más obsesiva que uno y anda atrás de los detalles hasta después de muerto, pero no vamos a buscar las excepciones. Para gente con problemas tenemos suficiente conmigo, supongo. Tampoco vayan a pensar que me creo más importante que los demás o soy un egocéntrico idólatra. Sólo que…

Ciertamente, ese mismo día en que había guardado tan escrupulosamente “esa” palabra en el último rincón de la cajita, dentro del segundo cajón, en la cajonera, me dirigí al banco de la plaza. A tomar sombra. Como todas las noches de saturno. Estaba acostado en la banca del plazón, tomando mate de ginebra, cuando aquella muchacho apareció y mirando sigilosamente la sol, me dijo que ya era temprano para no esperar los colectivos de las cinco. Yo, me acerqué a la niña y cuando estaba a punto de dirigirme hacia su hocico estornudé un zapato. Ella me agradeció y reímos tanto. No pude hacer más (o menos) que invitarla a sonarme los mocos en la cocina de casa. Para eso tuvimos que esperar como toda una tarde mañana el tren de las cortinas doradas. ¿Doradas? Mas qué menos digo que me hacen las cortinas. Como venía relatando, ellos vinieron a casa a jugar ping pong. No les invité con jugo de pomelo, porque no tenía; pero al abrir la alacena, advertí que sólo había pelotas hundidas en duraznos fritos. No podíamos hacer menos más que comerlas todas.

Era una maravillosa noche de verano azul violáceo. Veníamos caminando con mi nieta Serpentina por la calle 29 de febrero y en la esquina que hace intersección con Cochabamba nos detuvimos. Ella miró a la izquierda, yo miré a la derecha. Ella buscaba al vendedor de los palitos de azúcar, yo buscaba una nueva esposa.

El muchacho que había invitado a casa se posó sobre el peluche y rezongó. No quería tomar la chocolatada. Ella miraba dibujos animados. Me había contado bajo los árboles del bosque donde hubimos estado charlando, que también buscaba una esposa. Es decir, un marido del cual ser la mujer. Yo ya tenía muchos años encima. Y ella… ya me tenía encima. No habíamos podido esperar. Es decir, ella yo no habíamos podido esperar. Quizá ella tampoco tenía indigestión los domingos abiertos de primavera, pero él no querrá que la hamaca se desgarre.

Después de todo el escándalo, la vecina del fondo llamó a la policía. Vaya que cuando llegó, miré al juez y lo invité también a que se sonara los zapatos. Había tenido un largo viaje en ambulancia, no fuera a caer en camiseta del cansancio. Una o tres gotitas de sal helada bastarían. Para todo esto, mi nuevo marido que había contratado en el plazolín que queda a tres cuadras de la avenida principal que cruza por unos metros mi casa con galpón en el fondo, estaba recostada en sus nuevos aposentos. Cuando el oficial Bermudacorta se desajustó la camina del calor y se le desató sola la soguita del tutú porque la barriga hacía presión, lo invité nuevamente a pegarnos una ducha ya que mi mujer también estaba sentada en el lavarropas. Aceptó alegremente. Tuvimos una maravillosa velada. Tan risueño por los caños y las tostadas ya estaban listas. Qué tragedia.

Me alivia mucho saber que sólo es un problema esporádico, ya que es totalmente incontrolable. Algunos médicos recomiendan que guarde silencio y quede postrado, absolutamente mudo. Usted no irá a creer que sólo por esta inmunda complicación yo voy a convertir en desuso este don de poder utilizar los órganos que tengo. Qué idiotez. Por eso no me agrada juntarme con médicos. Siempre haciendo alarde de sus títulos. Como si eso fuera a dar alguna muestra de sabihondez… Pero qué cómico. Como si no pudiera yo, YO, hacer alarde de mi perfecta retórica. Si no fuera por esa estúpida y desgraciada vida…

Esa tarde noche le dije a Serafina, mi nuevo esposo, que mi nieta y yo saldríamos a dar una vuelta, como siempre hacíamos los saturnos por la madrugada. Así que llamé al perro y salimos correa abajo. Las peladas siempre andaban bien, me contó. Se había comprado un nuevo tocadiscos. Y lo bien que sonaba cuando lo tocábamos con champagne. Pero siempre todo de buena marca. Los nietos habían enseñado que no hay que escatimar con la sandía y mucho menos si los granaderos siguen girando. Paramos en el puesto de churros y le compré un girasol anaranjoso. Siempre le encantaban con churrascos a la bolognesa. Nos fascinaba cuando Serafina nos pintaba en los platos las manzanas de Newton. Pero teníamos que seguir caminando. Entonces miré a mi nieto severamente y le advertí que…

Las últimas palabras que puedo sacar del cajón, y queda atorado, justo ahora… Porquería… ¿Dónde habré dejado el abrelatas? ¡Serafina! ¡Traeme un martillo!

Ya no iba a dejarla más, todas esas tardes noches en que no podíamos hablar, iban a acabar. Serpentina, tan dulce, tan salada. Yo no podía seguir viviendo así. Y ella tampoco.

Serafina, menos mal que me trajiste el abrelatas, casi me quedo sin terminar mi cuento. Ahora apurate, dale, cambiate eso, estás muy colorinche, ponete el vestido negro que le vamos a llevar claveles atulipados, como todas las tardes noches de saturno a mi amada Serpentina, que está en la plazoleta, justo donde siempre se esconde, debajo de esa piedra…

Serpentina, pronto te voy a ver, no era mi culpa padecer esto. Vos éramos tan joven y no entendían nada. Decías que no sé hablar. Pero sí sé hablar. Vos no sabés escuchar.

Escuchar.

Escuchar.

10/12/07

Ciudad de papel


Mientras se consumía el aceite del hornito aromático, iba extinguiéndose la noche.

Habían pasado infinidades de páginas juntos. Desde las ya amarillentas de los textos ovídicos, hasta las más pulcras y afiladas de Gambaro, sin dejar de lado, por supuesto, los imprescindibles clásicos. Todos ellos eran la base del romance; Pabla y Filiberto, platónicos. Más allá de que los personajes que interpretaban en sus agotadoras vigilias de representaciones teatrales se simbiotizaran; y en ese caso, únicamente en ese caso…

Quizá también deberían ser protagonistas de alguna ciudad de papel, en la que enanos de carbono y los demás componentes químicos, se regocijaran de ser parte de tan sublimes creaciones. Lo único catastrófico sería que las manos de un gran escritor, mas con poca destreza motriz, dejasen caer unas gotas del café que lo inspiraba. Entonces, víctimas de aquel tsunami de cafeína, y exaltados con sus efectos despabilantes, huirían de sí mismos para refugiarse el uno en el otro.

Quizá sólo así armarían finalmente ese rompecabezas de piel y sábanas, las mismas que utilizaban de vestuario cuando se ocupaban de ser algunos ajenos que no fueran ellos mismos.

Así, llegaría una vez más el intruso amanecer a irrumpir con su obra y con su sexo bíblico; para dejar entrar por alguna hendija, algo de luz. Y dentro de la luz, el desafío a olvidar el nuevo día y sumirse en el pasado cual personaje de sus títulos predilectos. O simplemente el recordatorio de su vuelta a la oficina, interpretando esta vez los papeles de todos los días.

09/08/06

Cuento dentro de cuento


Olor a domingo, silvestre y casero. Paul McCartney suena entre libros, apuntes, lapiceras. En la ventana un cielo. Uno de los tantos. Uno acostumbradamente contaminado, aunque hoy uniforme. Celeste infinito, ininterrumpible, por lo menos en ese sector de ilimitado color que absorbe mi ventana.

Olor a domingo contagiado con discusiones y risas, tareas, la carne al horno de Papá.

Pero mi historia nada tiene que ver con las peleas, los deberes o la comida dominguera a principios de otoño. Mi historia se basa en el cuentito que estoy leyendo mientras espero el grito de costumbre anunciando el almuerzo en familia. Poco a poco me voy aproximando al final de la famosísima narración, ya conocida mediante las frases típicas de Mamá como la inconfundible: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Intento imaginar cuál será el futuro del hombrecito de Saint Exupèry, con el libro entre las manos y tarareando la melodía de “Hope of Deliverance” en mi mente.

Creo que el Principito escucha el cantar de Paul en búsqueda de libertad, en una mezcla con mis pensamientos.

Me pide un lápiz para que dibuje una puerta en la página ochenta y tres del libro, donde ya hay un garabato. ¿Lograría escapar para que su destino no sea tan cruel como el de la flor?

El breve relato cambia totalmente, el tamaño encuadernación del ejemplar se reduce como por arte de magia.

03/04/05

Cuento dentro de un cuento


Incómodo, desparramado entre las páginas, se movía a su compás, mientras la muchacha hojeaba el libro. Iba atrayéndolo la forma en que ella lo tocaba, se sentía enamorado de su intelecto, de cómo se asía al personaje.

Esperaba el momento exacto para actuar. Un golpe fugaz. Al fin y al cabo, había sido ella la culpable con sus manos sensuales, al rozarle el alma.

Esa misma noche, recostada en la cama, echó un vistazo al libro que intuía mágico. El instante perfecto.

Cuando abrió la portada, pasó unos capítulos y al llegar a la hoja en la que el enamorado se escondía, él, con todas sus fuerzas, la incorporó al papel. Y así fue protagonista de su propia historia, en la cual, sobre el desenlace, el personaje femenino asesina a su pretendiente.

El libro cayó en seco sobre la colcha.

26/09/04