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sábado, 26 de febrero de 2011

Sosiego errante

O tu simpatía velará lo turbio

Tal vez es esa ansiedad la que encubre
todas las vísperas disipadas
en nombre de una peluca de alondras
enterrada bajo el manto de la supuesta veracidad

Pues todos esos rostros estaban descubiertos
y el filo de los límites difusos
no aparta toda esta realidad que supera
que atropella

Las manos que atropellan no tienen dactilares
pero saben dejar huellas
no tienen tacto
pero saben dejar surco

Quizás era manca la figura que no se recuerda
y aún así aquí están las marcas del delito
acaso fuese suya la sombra de paranoia
que aturdía en la reserva

Arruinó tantas notas y melodías ya inaudibles
pervirtió el sonido de las letras más preciadas
arrancó de un solo tirón el pretexto de la huida
dejando una valija llena de inservibles trapitos

y entonces, en cada pista y cada baile
esa mano que atraviesa, insiste, rapta
no puede ser más que la intolerable mención silenciosa
entre todo ese barullo, del tabú de lo nocivo

se podrá montar una isla, un oasis invertido
entre las sierras que encierran
mas todo indica que los acontecimientos
ya no distinguen la realidad de lo ficticio

lo plano del relieve
lo rugoso de lo terso
ingenuidad, mera
ya se ha quedado sin tregua

sábado, 20 de febrero de 2010

Son un poema

Son un poema
condenando la muerte
sin ojos cualquier
censura es vana
sin llanto cualquier
pérdida es castigo

Son un poema
condenando la muerte
sólo despiertan
los ojos al sueño
sólo la risa del sueño
es la última realidad

No las absurdas
huecas sonrisas
incitando suicidios
de todo presente
son un poema
condenando la muerte

Y por qué las palabras
que esculpen la tinta
no son capaces de
mostrar sus orígenes,
son capaces de
esconder la miseria

Son un poema
condenando la muerte
todas las bocas
que callaron nombres
Todos los nombres
que no saben ser mártires

lunes, 21 de julio de 2008

Sustantivos propios


Me fascina inventar nombres cuando conozco a alguien, jugar a ser otra. A veces quisiera ser hombre, idear historias extravagantes, imponer respeto con la mirada.

Hoy me llamaría Antonia, no sé la causa, sólo así apetece. Ayer era Anacleta , quizá mañana sea Romualda. No sigue ningún hilo lógico, menos una cronología, es únicamente a antojo.

Piso el mismo suelo que miles de nombres, utilizo el asiento de colectivo que cuántos cuerpos habrán tocado. Cuántos Eugenios, Heráclitos, Leopoldos, Pancracias, Rigobertas, Cletos habré cruzado en alguna calle… Pertenecer a una raza, a todas esas razas únicas con las que topo constantemente.

Que la piel mute, se extinga arrugada, agriete, perpetúe en los años, la indefinible e inconmensurable cantidad de años que agrupa la población con la que convivo paso a paso. Podría convertirme en lo más anciano y múltiple que jamás haya pisado esta tierra.

Marzo de 2008

domingo, 20 de julio de 2008

Somos



“Me moldeó muchas caras esta sumisa piel […]”

(OLGA OROZCO: “Los reflejos infieles”)

Sos tan adulto cuando se trata de nosotros. Simple, lineal, rutinario.

Yo chiquita, ciclotímica. No soy y soy, un algo, completamente… No.

Sos un nene, a veces crecés y volvés inmaduro a mí, a jugarme, a pelearme.

Yo muy seria, indignada, regaño tu niñez.

Sos tan indiferente cuando se trata de nosotros. Distraído y ocupado en tu labor.

Yo esperando, quieta y sensible.

Sos tan ingenuo cuando se trata de nosotros. Desgarrado totalmente y obstruida tu mirada.

Yo inmutable, quieta y perversa.
Fuimos.
Pero no somos.
Somos lo que serás vos.
Somos lo que seré yo.

Sólo sos vos.

Sólo soy yo.

Solos.

17/12/05

Sobre un crepúsculo y una infancia

Cuando intente abrir los ojos, el vacío caerá sobre mí como una tormenta helada, no seré más que cenizas. Pero mientras tanto, seguiré desnuda, sumergida en este cementerio de hojas, sintiendo cómo la vida me pasa por un costado sin dar cuentas ni excusas. Sólo me deja envejecer mirando al cielo, cuestionándome sobre tanto y deseando respuestas sin contestaciones. Que nunca acudirán, lo sé. Y temo moverme pues cuando lo haga, más rápido pasará el tiempo viendo cómo mi cuerpo se vuelve papiro. Prefiero seguir así, observando las nubes viajar, trasladando con ellas sueños y esperanzas de infantes que aún no han perdido su inocente ilusión. Ver sus alegres felicidades reflejadas en esponjosas imágenes, puras sobre el cálido crepúsculo que va bajando sobre mí. No me aplastará, lo sé. Pero me resulta inevitable hundirme aún más, convertirme en más pequeña, mientras el sol va atrayendo ese azul ennegrecido que tiñe el cielo y enciende las estrellas, ahuyentando a un anaranjado rosáceo que matiza el campo con su pincel natural.

Esperaré, esperaré que el alba se entone del color del infinito, trayéndome sueños, devolviéndome a la chiquilla que tanto añoro, esa niña que perdí sin darme cuenta y que con tanto dolor enterré en mí pensando que al crecer sería más libre, olvidando que lo fui, mas con las responsabilidades malgasté la libertad. De nada me sirve estar atada a este mundo si podría volar sin siquiera recuerdos ni vestigios de lo que algún día fui y no quiero volver a ser.

Sólo la noche, con su tímida brisa primaveral que se deposita sobre mí, sabe lo que siento. Y el alma vaga, con la corriente, seguirá buscando todo ese mundo que ni siquiera existirá jamás.

Pareciese que el fuego de la tierra me absorbiera a sus entrañas, sin lugar a escape, sin rumbo ni ganas. Me dejaré caer al centro de esta llama inapagable, quizás así sea mejor, el calor y las flamas apaguen las penas que me ahogan y me acabe de consumir totalmente.

Todas las palabras que nunca pude decir, se fundirán formando un único vocablo, imposible de descifrar.

Y el murmullo de la ausencia y el silencio en la presencia, harán que mi ser se sienta tan cargado de nada, con un peso insostenible que me derrumbará, dejando ojos sin brillo de vida, labios secos tan llenos de palabras que se disipan ahogadas, encerradas en el interior. Abro la boca, lo único que logro es engañar al cuerpo, invadiendo mis pulmones de aire, porque las letras se espacian aún más, desmoronando cada frase, desmembrando cada oración.

Los acordes de mis cuerdas vocales han de escapar una melodía muda, cuyo compás mece este mundo, conforma una canción con sentido perdido, el acompañamiento invisible ondeará los oídos, cosquilleando en el pecho, trazando la derrota de la vida.

02/06/04

viernes, 25 de abril de 2008

Sordina


Torcería mi forma de pensar, la doblaría, un bollo, a la basura. Me azotaría, flagelaría, crucificaría, suicidaría. Estornudo y sigo sacando microbios, tus gérmenes. Esos que sembraste cual cizaña, ahora arraigada a mis pulmones, a mis cinturas, a mis hombros. Nacieron como extraños en terreno desconocido. Ahora estoy inundada de vos y cansada de estarlo. No hay qué pueda recorrer sin tenerte. No quiero escribir más sobre vos. Lo suplico. Vivir sin tu culpa hostigándome, sin tu comisura mordiéndome las pestañas, sin tu voz encerrándome en mis propios silencios aislados de vos que ya no tienen ningún sentido. Silencios sólo profundos con y por vos. Ahora tan insulsos, como todo. Si supieras, entendieras las razones… Pero tenes razón, es tarde. Tu guitarra no está más. ¡Tu guitarra…!

2007

Sujeto tácito



Jugaban a la competencia de “no decir nada”. Se disputaban el primer lugar como íconos del postmodernismo para medir la perversidad. La medalla era seguir en la lista de los desquiciados. Parecían disfrutarlo.

Eran los ojos que sin guiones de diálogo disfrazaban los monólogos de castigos con chispas y lamentos.

Ella musitaba que si alguna vez pudiera conocerlo, sería el fin de aquel juego. No estaba completamente segura de que fuese ésa su meta.

¿En qué estaría pensando él? Las arrugas le enterraban los gestos de expresión (si es que en algún pasado los había tenido).

Las reminiscencias más precisas que recaían entre las sombras del papel y del bolígrafo, que sostenía en su mano derecha, estaban cargados de frases que él había pronunciado. ¿Frases? Rejunte de palabras que suenan algo coherentes, intentos mal logrados de metáforas. Banalidades.

Estiró la mano y le mostró la quemadura que se había originado con la máquina.

Claro, ¿cómo no se iba a herir con ese pedazo de catramina oxidada e inútil?

Ella se la cubría con un trapo repleto de líquido para limpiar el parabrisas.

Estaban en el espacio de reunión, donde ambos llevaban a cabo los duelos semanales. Varias veces estuvieron a punto de chocar por algún mate mal cebado, por la yerba derramada, por las discusiones imprescindibles.

La mano quedó tiesa sobre la palanca de cambios, ahora ella mandaba en el ala derecha del auto.

Giro desprevenido. Pudo avistar cómo doblaba el otro vehículo, cómo los vidrios polarizados del asiento del conductor imposibilitaban que viera su propio coche.

Ella sabía que el de la izquierda, el de la mano calcinada, el de los ojos de vidrio, estaba demasiado dolorido para notar otra cosa y que su orgullo no lo dejaría admitirlo.

Pero no iba a perder esta partida del juego. Llevaban veinte minutos sobre el automóvil y todavía ninguno había siquiera murmurado.

No podía volver a perder.

31/04/06