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martes, 18 de septiembre de 2012

La noche se me antoja eterna


La noche se me antoja eterna. Se cierne sobre mí sin doblegarme, ofrece un sinfín de deleites a mi espíritu sediento. Tiene el poder de traer desde tierras distantes una compañía añeja, inesperada, fructífera. Los libros me leen en una sucesión cuantiosa, conformándome en múltiples personalidades sin índice y en punto de fuga.
La noche se me antoja eterna. Se yergue alborotada y profunda, se hace y deshace en notas de tinta y vibraciones melodiosas. Tiene el poder de traer desde las entrañas del tiempo la perdición de todo reloj; caen las agujas, los minuteros, los segunderos se vierten sobre las sábanas cansadas; se desbaratan los calendarios lunares, solares. La luna tiesa, en cualquiera de sus facetas, revela los secretos más insignificantes y los más relevantes de la existencia. O acaso fuera un mero reflejo en las aguas de una memoria inerte, fútil.
La noche se me antoja eterna. La eternidad se vuelve noche, y como tal es tan bella, oscura, profunda; existe cabalmente sólo para cada una de nosotras.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Las manos rugosas

Las manos rugosas
El cuerpo vacío
Los vidrios ojosos
La perdición mira

Te escapás a la miseria
Te acamás en el rincón
Te perdés en el espacio chico
Te ahogás en el espacio grande

No nos miran
La torre se derrumba desde los cimientos
Y no podemos parar de regocijarnos
De escombrarnos

Cimientos, ruinas, escombros
La casa vacía
A llenarla de porquerías
Para tapar, taparlo todo

Nada queda más que el cariño
Y todo lo material
Apesta a sacrificio
A mundano, a pasajero, a efímero

Y la trascendencia se hace efímera
Frente a todo eso
Al costado, un campo seco
Y las máquinas que no dejan de hacer ruido, en el silencio total

Todo pasa por el soma
Psico
Trauma sin trama
Trama sin traje
Todo encaje en un tramo
Todo psico soma tiza
En un instante
Y luego
Estalla
Entra en trance
Sin balance
Ni equilibrio
Sólo martirio
El delirio

lunes, 6 de septiembre de 2010

Leer el mundo

Sigue así
Gira y gira
Sin páginas
Que vuelvan
Hay que leerlo de corrido
Porque corre
Rota y traslada
Quiebra en terremotos

Mueven continentes
Las placas tectónicas
Revuelven floras y faunas
Se acercan felinos convertidos en libros
Todas letras y líneas
De fuga
Que hay que leer
Para llegar a
Qué
Dónde
Cuándo

Rebotan las letras
Forman mamarrachos
Ecolalias
Lapsus
Actos fallidos
Los blancos

Para qué leer el mundo
Si es ilegible
Entre tantos vericuetos
Y volteretas
Contorsiones
Obstrucciones
Premoniciones insípidas
Y una ecolalia letrada
Traslada en borrones
La piola que retiene
Los hilos restantes
Del universo multiforme
Del que ¿somos parte?

lunes, 3 de noviembre de 2008

Le inventamos un título


Teníamos miedo de lo desconocido. Sí, nos asustaba. Por eso tuvimos que empezar a nombrar todo. Era una sed insaciable. Le asignábamos título a lo que ignorábamos y a lo que nuestra memoria y cultura se dignaban a facilitarnos. Así fue que comenzamos a ser, a tener importancia. Lo que escapaba de nuestros sonidos organizados era inconcebible. Lo que pretendía exceder nuestras nomenclaturas era puro espanto. No pudimos con nuestro genio, hasta tuvimos que improvisar instrumentos para ampliar el lenguaje.

Antaño no sentíamos, ni pensábamos. ¿Éramos felices? No había tal concepto. Ni felicidad, ni sufrimiento. ¿Éramos? Seguramente no. Cómo podríamos ser sin conciencia de serlo. Aún más, no había conciencia siquiera de haber sido. Me atrevo a rectificar lo antes maldicho, no había memoria, tampoco cultura. ¿Animales? Cómo podríamos, los animales sienten. ¿Sí? Nosotros no sentíamos, nos prolongábamos en masas amorfas. ¿Tribus? No, tienen nombre y educación.

No pudimos conformarnos con movimientos y supervivencia salvaje. ¿Acaso no bastaba no sufrir? No. Para ser felices (y es a eso a lo que vinimos, según se encargaron de asegurarnos) tiene que existir su opuesto; de otro modo cómo lo advertiríamos. Entonces nacieron los sentimientos. No voy a detallarlos exhaustivamente, pues no alcanzarían estas hojas. Me limito a dar cuenta de que ingeniamos eso para enterarnos de que así íbamos a ser felices. ¿Otra vez con eso? Inevitablemente. Pues así nacimos, gestados en la infelicidad. Infelices para alcanzar las utopías que deseábamos. Y somos víctimas de todos los sentimientos. Pues con ellos, los juicios de valor.

Luego no bastó simplemente con sentir. Hubo que exteriorizarlo. Y qué si uno se rehusaba a sentir. Impensable (claro, los pensamientos también eran lenguaje).

Ahora no sólo hay que sentir, sino pensar los sentimientos (en palabras) y comentarlos cual chisme (para que se sepa que existen). Para qué. Para luego buscarle a esas palabras vagas e imprecisas una concreción que acumulara sus bastos y múltiples significados a una única acepción en términos perfectivos.

Sugestionados, opacamos toda transparencia.

03/11/08

lunes, 22 de septiembre de 2008

Luz

Y el sol entre persianas

Dentro de la luz,

un millón de lágrimas

que se evaporan

jueves, 29 de mayo de 2008

La muda



La habían planeado mujer, la concibieron sin palabras. Ella, su madre, la gestó muda. Él, su padre nunca le habló a su madre. Ella, su madre, la abandonó al olvido. Ellos, sus padres, se dieron a la fuga.

La llamaban la muda. La creían sin palabras, la pensaban sin pensamientos. La trataban como un animal, la sabían sin lenguaje. Le quitaron la dignidad, la condenaron a la miseria, la encerraron en una jaula, la castigaron con los silencios.

La esclavizaron a lo salvaje, la enjaularon en una selva, la consagraron virgen violada, la forzaron a la reserva. Le sustrajeron la inocencia, la presumieron enferma, le comprimieron el orgullo, la aprisionaron en su indignidad.

Ahora les habla la muda. Y es a mí a quien sometieron; ya no sabré pensar, ya no sabré parir.

Se vieron crímenes y atrocidades, se supusieron afonías ante calamidades.

Hoy, la muda no sabe hablar. Hoy, la muda va a escribir.

29/05/08

viernes, 25 de abril de 2008

Lapsos risueños


Sonsacaba sonrisas al tiempo. Tenía la inquietante sensación de que éste huía de alguna esfera con agujas incrustadas. Se reían de él, de su entretenida confusión con la que pasaba horas y días.

Eran días sin mañanas, tardes sin noches, lunas sin cielo. Impaciente, a carcajadas recorría una pérdida de calendarios. Salteaba aniversarios, burlándose de los segundos. Atravesaba el tiempo, inmutable en su mecedora de madera.

El café, un estabilizador efectivo, no hacía más que crear ilusorios momentos anacrónicos.

Pero el reloj seguía corriendo a antojo propio. Sin responder a ningún amo.

Debió sacrificar tantas profesiones, innumerables carreras, por prestar atención a la alhaja inútil que se mecía en su muñeca. Reminiscencia que vaya uno a saber cuándo le había dejado alguien. Imposible recordar quién, se ocupaba demasiado de aquel artilugio como para conocer otra cosa.

En fin, alguna vez había existido vida dentro de él; algún amanecer espléndido le permitió (antes o después de aquella tortura tictaqueante) acordarse de una mujer, grabarla en la memoria desaparecida de una eternidad inmóvil.

13/02/08