En pleno paroxismo de ególatra se desarrolla su autoestima. En la yuxtaposición de impiedades, depravaciones y vicios se extienden sus cavilaciones insípidas.
Impertérrito ante la infamia y la corrupción, se engendra el más profundo de los goces, de la impecable tradición vengativa.
Ser humano en el apogeo de la humanidad implica el desvío de la atención hacia el raciocinio y el derrumbe de la civilización va inquietando a todos esos pueblos que se creen víctima de una naturaleza cruel, rencorosa.
Ella, pues también impertérrita, avanza, desgarra a diestra y siniestra acrecentando la controversia de la primigenia contraposición entre ambos bandos, claramente inexistente.
Y seguimos disertando acerca de nimiedades, lo superfluo arremete y es más devastador en conquista de lo alienado, que la violencia oriunda del mismísimo epicentro de nuestra subsistencia ingrata.
Nos gustaba coleccionar objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas.
Tomábamos migas de pan,las convertíamos en un enorme, perfecto refugio-camino para nuestra posterior colección de hormigas a causa de razones poco higiénicas, acaso evidentes.
La casa no tenía los típicos muebles guarda objetos que suelen tener las casas (bastante absurdo dada nuestra capacidad, obsesión con la recolección de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas). Se había transformado (acaso siempre lo fue) en un lugar imposiblemente habitable, es decir, inhabitable, es decir. Las colillas del tabaco se unían formando esculturas alrededor de las paredes, en los zócalos, en las bisagras de todas las puertas del no dulce hogar. Aunque dulce podría haber sido, inmensa cantidad de granos de azúcar negra, impalpable, blanca, habían sido tendidos conformando tiernas casitas que parecen de mazapán, salidas del cuento de Hanzel y Gretel. La colección que nos confería más orgullo y sensación de paternidad era la de moho y hongos que se extendía indiscriminadamente por los rincones más oscuros y siniestros de la casa de colección.
Podría seguir enumerando por páginas y páginas aquel museo de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas. Sin embargo, hay algo que me lo impide, la impaciencia de contar (en esta colección de letras amontonadas en la colección de papel para mi colección de amigos) que dejaron de tener la cualidad de insignificantes e irrelevantes para nuestras vidas. Todos aquellos objetos y cada uno de ellos habían cobrado para nosotros una suprema relevancia y significación. Básicamente eran nuestras vidas expuestas a aquel museo de…
No importa cómo llamarlo. Podríamos decir que era un museo, sí, hagámoslo. De acuerdo: el museo debía cobrar entrada. Colección de monedas, billetes enrollados con formas exorbitantes, otros varios con algún tipo de significado para nuestra clientela que hacía una perfecta línea, impecable para completar el museo. Una colección de clientela, qué idea magnífica, excelente. Habría que conservarlos en plástico o en latas (también pertenecientes a nuestra colección), lo que fuera para impedir el constante movimiento de sus miembros rompibles. ¿Sería necesario acaso el consentimiento de cada uno de ellos? Absurdo, sería un acto de injusticia para el resto de los integrantes del museo que no fueron consultados para sugerir un método, un lugar de exhibición, y demás. También podrían ponerse exigentes acerca de los métodos e instrumentos que jamás son utilizados para limpiar y mantener con vida a los integrantes del museo, ya que dichos instrumentos también forman parte de él. Y por supuesto que, descontando el hecho de que seguramente con el tiempo y la humedad (también éstos formaban parte del museo de colección) ayudaran, ampliaran la proliferación de hongos, mohos, musgos y otros varios. Todo se dificultó cuando la clientela despertó de un letargo producido intencionalmente por nosotros. Comenzaron a exasperarse, a pedir explicaciones, ¡a correr hacia todos lados sin ningún tipo de respeto por nuestro trabajo en el que habíamos puesto tanto empeño, tantos años! La situación era intolerable (la agregamos a la colección de diversas situaciones). No nos quedó otra opción que convertir nuestro museo en una tienda (cuestión que también se tornaría intolerable, sobre todo debido a nuestro desagrado por negocios y tales, que no cabían en nuestra colección). Sin embargo podría haber funcionado. No entendimos nunca por qué falló aquella fabulosa idea que nos haría salir de la miseria en al que nos metieron nuestros clientes animados. Llegamos a preguntarnos si no habrían sido los espeluznantes comentarios tan poco demagógicos que circulaban por doquier, que fueron difundidos por críticos de arte, aficionados, otros grandes coleccionistas y el resto de la colección de humanidad. Nos llamaban mugrosos. Hipócritas, con qué derecho. Ni siquiera era arte, esculturas, retazos de memoria. No podrían haber acertado nunca.
Ahora se transformó en una tienda. Sí, en una tienda de colección de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes para el desarrollo de las vidas ajenas, pero de alquiler. Nos alquilábamos entre nosotros para hacer lugar a la creciente cantidad de integrantes del museo-tienda que se nos ofrece en forma de trueque, para costear el intercambio que supone el tráfico mercantil de cada uno de nosotros.
Estúpida primavera que se atreve a inundar los árboles de hojas, las plantas de flores, las plazas de cursis empedernidos.
Estúpida primavera que se atreve a llenar de colores insulsos los inviernos apenas incipientes en algún ser.
Estúpida primavera que se atreve a pavonearse con sus aromas frutales o sus soles cálidos e insípidos.
Estúpida primavera que se atreve a todo, menos a dejarme con el invierno, mi invierno, el único frío e inútil que comprende, que sabe vestir a una mujer, que sabe peinar los rizos del pretérito, congelando la memoria, obligando a sumergirse bajo los acolchados que tan bien protegen del sol estas pieles sensibles, estos pulmones colmados.
Una tiranía somnolienta que invade la congoja. Una percepción de un nadie, hacia una nada, hacia un invento de la memoria. Para qué engañarse a conciencia si es inútil. Para qué instigar al instinto que intente no comprender las causas. Para qué obligar a estos órganos a sentirse útiles, a sentirse plenos, si aún son tan inocentes como para llevar a cabo esa tarea. Para qué pensar en la compañía, si es la soledad la única que implica una compasión que integra, que aborrezco. La salida, la primordial novia de estas páginas, de estos lápices rotos.
Qué probamos. Qué queríamos demostrarnos. Acaso nuestros cuerpos fusionaran todo eso que tus acordes y mis escritos no compartían. Qué insolencia imaginar un futuro, cuando el pasado gobierna los ayeres y el mañana está exento de calendarios. Porque no coinciden nuestros calendarios, nunca lo hicieron. Ilusa. Permanecer a la sombra de la cordura, del sentido común. Los labios no están preparados para gustar de otros labios, para enseñar a conocer las geografías de alguna comisura escondida entre los dientes del espanto. Si tus manos están hechas para modelarlas sobre otros instrumentos, no te atrevas a tocar por dentro estos instintos tan mal entrenados para responder inseguros a tu llamado siniestro de cariño.
Aselvado, sos de otra especie, tus lianas me engañaron. Tu ciudad y tu campo en el pelo y en la sangre. En el sueño inhumano, en este otro más humano. Porque te entiendo, comparto, nos aborrezco, agonizando por ninguno. Y me asalta la exigencia de escuchar tu insensibilidad para creerte enterado de mis vacíos.
Y no hablo con palabras de desamor, de desconsuelo. Hablo callando con todo el ser. Callo las sílabas que nadie anhela oír. Construyo discursos con el cuerpo (alguno, acaso importe cuál). Desespero al leer, en otros cuerpos, artimañas; y aún así, primogénita del propio vientre, que paro de forma constante. Ardua tarea la de parirse, más aún sin haberse concebido. En extremo, sin siquiera prurito ni solicitud. Qué decir de la espera. Entre tanto parir y abortar (me) en ideas, paro unos otros… para perdernos y encontrar ahí, surgiendo de entre unas piernas, cada día, una nueva. Novísimos, entre novelas, vanguardamos estos movimientos. Será escarbando, pujando por otra estirpe, sin concebir y, más aún, sin exhalar.
El sinsentido de que mires, de que adules, de que desees poseer.
Todo se pierde cuando se convierte en deseo. Quizás antes de desearme, me tenías. Quizá no a tu manera, sino a la mía, seguramente. Pero la esencia es la misma.
Es esa la sensación de absurdo. Cuando yo ignoraba, éramos. Hoy… tan ausentes.
Pretendés un ayer que nunca fue, tendés las tramas de imposibles. La ausencia no es de presencia, es de forma.
Cuando me emancipes, ya no habrá deseos, ya no habrá posesiones.
Cuando era chiquita, Mamá siempre me peinaba y me ataba moños en el pelo. Los ataba bien, bien fuerte, me llenaba la cabeza de moños… No sé bien cuándo fue que de tan fuerte que estaban atados, se fueron adentrando, y ahora mi cerebro está revuelto con moños. Algunos se enredaron con recuerdos, otros con pensamientos, el resto con mi capricho artístico. Ahora nomás hago cuadros enmoñados y que se despeinan.
Debe ser que después de tanto despiole, cada cuadro que hacía, iba quedando con un pedacito de materia gris, enroscada con moños de diferentes colores.
Eustaquio nació hablando. No recuerdo ya si fue hace seis o siete años, no hay una fecha precisa. Nació por ella, le dio vida su llanto.
Creaba historias delirantes para satisfacer una inquietud de charla. Con el tiempo fue perdiendo voz. Hoy ya no puede ser como antes, mientras ella siga creciendo. Algún día, quién sabe cuánto falta, no será más que un vestigio de su infancia. Pero él seguirá existiendo, lo hará siempre y cuando la niña (ya no tanto) conserve intacta su ingenuidad y capacidad risueña.
Eustaquio no es más que una parte de mí, pero cuántas veces he deseado ser totalmente él…
Preferiste soltar un montón de burbujas por los poros
a frustrarte en el primer intento de conquistar la cuerda.
Volvés sin que te llame, te vas sin que te eche,
estás en mi inconciente y venís desde los otros
que están pero no los veo porque sos vos oculto entre ellos.
Pisoteamos las otras figuras, esquizos,
rescatamos tu vida, perdiendo la mía.