Mostrando entradas con la etiqueta M. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta M. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de marzo de 2013

Me encontré cuerpo


Me encontré cuerpo. Reconcilié un espíritu errante, doliente con un cuerpo que se creía abandonado. Me encontré vientre, luna creciente que redondea la vida. Me encontré sentido, sentida, sintiendo. Encontré el hilo que une cada cabo, que le otorga sentido a cada vivencia, a cada dolor, a cada pasión.
Me encontré río que recorre tus valles, erosiona tus rocas, las va limando, sacándoles brillo. Me encontré agua, superficie y profundidad, flexible, escurridiza, clara, transparente. Me encontré ave, nido, rama y pico, barro y lluvia, nube y rocío, horizonte y cercanía.
Me encontraste, río. En él. En vos. Nos encontramos. Nos reconocimos. Ya habíamos sido todo. La eternidad se rió en ese instante, en esa mirada que a través de varios metros unió dos almas luz en sí, reencontrándolas consigo mismas. Espejándoles todo, dándoles la libertad suficiente para abandonarse al vacío, entregarse y ser, serlo todo. Ser el universo en un abrir y cerrar de ojos, fundirse, desintegrarse sin dejar de ser íntegros. Sernos absolutamente todo, siempre, sin tiempo, sin espacio, sin nombres ni etiquetas, sin mente ni hastío.
Brillo.
10/02/13

martes, 30 de diciembre de 2008

Mendiga


Se agota la saliva para tanta habladuría

Y es que pescan los guiones de diálogo

El instante imperfecto para romper las sogas

Que atan nuestros miembros insanos

Que salpican aterrados, procurando retener

Todas las sensaciones adentro y derramando

Hasta la médula inconciencias e incongruencias

Puras, puras demencias y hasta las ingratas respuestas

Que nadie sabe callar, pero todos callan.

Penetran entre insensateces los tímidos intermitentes

A unas manos rugosas, de médanos y nudillos

Sobresalen,

Pisan resbalando las aguas transpiradas de todos los trabajos recogidos

Y no aguantan más, submarinos entre sales y salas repletas de vacío

Y se acribillan las pupilas con ideas, y se amordazan los dientes

con discursos manchados de tiza y de sangre rancia, putrefacta

Gustan de habitaciones abiertas y de almohadones vestidos de fiesta

Pero las luces siempre desiertas

Titilan con tanta fuerza, temiendo futuras batallas, todas todas eternas

Y no habrá más cenas de gala, no habrá más fuegos, bengalas

Las sombras no se apoderan, poseen las luces adentro

Para luego, con lunas y soles, dominar el cielo

Para luego, con hierbas y peces, dominar la Tierra

Para luego, suplir con engaños las sonrisas de ingenuos

Se agota la saliva para tanta habladuría

No hay más saliva, no hay más bocas abiertas

No hay más dientes amordazados

No hay

Hay una demencia, una sola, conjunta

Y una luz desierta

Con fuerza

Titila, tímida

No está de gala

Es mendiga y pordiosera

Pero no mísera, no

viernes, 25 de abril de 2008

Más tierra a la tierra


Te reías siniestramente, un payaso riéndose de su público… Escribías en un mármol algo, pero una espalda mimesca impedía que se vieran las palabras que formaban tus letras talladas. Siempre había pensado que tu grafía tenía mucha fortaleza, quizá ahora aquellas especulaciones lejanas, cobraran significado.

Una inquietud extrañamente aquietada invadió mi cuerpo. Primero había creído que era otra obra más que se estrenaba, una más en la que triunfaban el orgullo, la miseria, una soledad nueva incrustada en los huesos. En una segunda instancia supuse que debía ser alguna de las ironías crudas, perversas que congeniaban (antes solíamos congeniar). O por otro lado, hundiéndome en cavilaciones aún más inauditas que lo común, vislumbré la escena mentalmente.

Te acercabas y te alejabas, una imagen intermitente. Pero cada vez era más débil. Una sombra entrometida impedía que se viera el cuerpo completo. Iba oscureciendo, no se sabía si era un cuarto, un río, una intemperie; sin duda, un rincón álgido. Ningún objeto se presentaba cercano para colaborar con luz a la renegrida acción. Me confundí repentinamente al oír un saxofón, y esa batería. Te vi en el redoble de los platillos, te vi emanando aire y armonía desde la boca de ese instrumento, te vi perdiéndote en esa borrasca con las notas en las mejillas. Te vi escondiéndote entre máscaras, te vi sonriendo metafísicamente, te vi cubriéndote de sombras, de esa sombra. Te vi sin verte, te vi borrando nuestros cuentos, te vi deshaciendo aquellos nombres. No te vi. No se logra verte ya.

Tu cuello se fue estirando, de forma curiosa. Comenzaste a abrigarte de ese naranja que te sienta bien, que se funde con la piel. No lo veo, imagino. Mientras la tierra se deshacía bajo tus pies, seguías tallando, con un talante despreocupado, casi risueño. Un instante antes de la oscuridad total y eterna, una centella iluminó el rostro. Cómo pudiste reírte, cómo podías reír. Unos hilos violentos atravesaban tu boca, la prensaban. Eras presa del silencio, presa de una sombra, vestías de presa salvaje.

Cayeron las palas al descanso. Se fueron manchando el camino, a carcajadas, a zancadas, con un baile curioso. Pero el silencio penetraba la noche y la tierra, húmedas y olvidadas.

29/03/08

Mundo en su perfil


Recorría con la mirada distante ese horizonte altibajo. Misterios escondidos, respuestas no formuladas y una rutina demasiado aburrida.

Entonces, después de tantos años de profesión, entre figuras perfectas, atuendos esplendorosos, tomas de perfil, de frente, con más y menos luz, contrastes, sombras, tonalidades, poses, escenografías y contornos; se sintió vacío.

Necesitaba alguien, algo… Un toque especial.

Recurrió a lo que se había negado muchísimo tiempo, desde la infancia. Fue solo al río, se sentó en la misma roca (no había cambiado nada por ahí), para oír el sonido que hacen las uñas al crecer, (como decía su papá años atrás). No sabía bien porqué, esa frase le quedaba retumbando.

Luego de incontables veces, comprendió el discurso mudo y se dio cuenta de su verdadera vocación. Así supo que debería innovar en ese automatismo superficial, haciendo caso de lo que le susurraban las uñas. No precisaba más que ponerse en marcha. Le llevaría un buen tiempo seguramente, pero valía la pena tardar todo lo que fuese necesario. Porque ese pensamiento era el que él, Geroldo, tenía que concretar.

Comenzó a caminar. Quizá sin sentido, quizá sin porqué. Prefería dejarse llevar por el interés de un cambio. Ni siquiera pensaba ya, totalmente inmerso en una nube de extraños sentimientos.

Caminaba y caminaba. Seguía buscando la peculiaridad que le llamase la atención, tanto como quería.

Pasaron tal vez siglos, tal vez segundos, o más bien horas. Muchas horas, hasta que lo encontró.

Era aquello. Lo supo de inmediato.

Una ensalada perfecta entre paisaje y humanidad. Casi utópico. Más bien utópico. Geroldo se asombró de los matices refugiados en la mirada de ese niño. Nunca había visto el amor personalizado, pero esa imagen… sobrepasaba el límite de cualquier sueño, vuelo, deseo o intento de trascendencia. Era más. Mucho más que demasiado perfecto.

Todos los colores y tonos se fundían en cada milímetro de cielo, en cada centímetro de fauna, en cada rincón de cada alma.

De una sociedad infinita, multicolor, multiforme. De una humanidad casi no humana, casi divina, casi celestial. ¿Celestial? Hmmm… como el cielo en el ocaso o en el alba... colorido. Collage entre júbilos y congojas.

Absoluta pureza, inmaculada vivencia que presenta en un mundo tan mundano como profanado por sus mismas fauces. Era inocencia, un solo alma, todas las almas en ella.

Hizo ajustes en la cámara, no sería otra toma sin proyecto, de frente ni de espaldas. La capturó sin flash, ya había demasiada claridad.

Toma de perfil. El perfil de la tierra, de su vida, de la existencia, de la divinidad humana, el perfil del niño; el perfil del mundo. Su mundo perfecto, ideal, sublime, insuperable.

Supo que esa fotografía sería diferente. Se extendería por todo recoveco de aquel universal infinito de espíritus abandonados. Era una imagen novedosa y absoluta. Era aquel perfil del mundo, ése del que nadie jamás se había percatado.

11/09/05