sábado, 20 de febrero de 2010
Son un poema
condenando la muerte
sin ojos cualquier
censura es vana
sin llanto cualquier
pérdida es castigo
Son un poema
condenando la muerte
sólo despiertan
los ojos al sueño
sólo la risa del sueño
es la última realidad
No las absurdas
huecas sonrisas
incitando suicidios
de todo presente
son un poema
condenando la muerte
Y por qué las palabras
que esculpen la tinta
no son capaces de
mostrar sus orígenes,
son capaces de
esconder la miseria
Son un poema
condenando la muerte
todas las bocas
que callaron nombres
Todos los nombres
que no saben ser mártires
miércoles, 5 de agosto de 2009
De no creer
Cadáver exquisito, Grupo Ruans
jueves, 12 de marzo de 2009
Danza visual

Sus pupilas componen
y unas falanges dobladas
ejecutan la pieza entera
El iris camaleónico
pierde mi razón
y en espirales corre, asustado
En hipnosis,
recito el himno
de mi escepticismo, de mi alexitimia
Y las miradas, fundidas
aprenden los pasos de baile
que nuestras piernas torpes nunca sabrán
Y en el baile de ojos, reímos
porque sabemos lo absurdo del mundo
que no es capaz de danzar en nuestra pista, virgen
domingo, 1 de marzo de 2009
En alquiler
Nos gustaba coleccionar objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas.
Tomábamos migas de pan, las convertíamos en un enorme, perfecto refugio-camino para nuestra posterior colección de hormigas a causa de razones poco higiénicas, acaso evidentes.
La casa no tenía los típicos muebles guarda objetos que suelen tener las casas (bastante absurdo dada nuestra capacidad, obsesión con la recolección de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas). Se había transformado (acaso siempre lo fue) en un lugar imposiblemente habitable, es decir, inhabitable, es decir. Las colillas del tabaco se unían formando esculturas alrededor de las paredes, en los zócalos, en las bisagras de todas las puertas del no dulce hogar. Aunque dulce podría haber sido, inmensa cantidad de granos de azúcar negra, impalpable, blanca, habían sido tendidos conformando tiernas casitas que parecen de mazapán, salidas del cuento de Hanzel y Gretel. La colección que nos confería más orgullo y sensación de paternidad era la de moho y hongos que se extendía indiscriminadamente por los rincones más oscuros y siniestros de la casa de colección.
Podría seguir enumerando por páginas y páginas aquel museo de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes e irrelevantes para el desarrollo de nuestras vidas. Sin embargo, hay algo que me lo impide, la impaciencia de contar (en esta colección de letras amontonadas en la colección de papel para mi colección de amigos) que dejaron de tener la cualidad de insignificantes e irrelevantes para nuestras vidas. Todos aquellos objetos y cada uno de ellos habían cobrado para nosotros una suprema relevancia y significación. Básicamente eran nuestras vidas expuestas a aquel museo de…
No importa cómo llamarlo. Podríamos decir que era un museo, sí, hagámoslo. De acuerdo: el museo debía cobrar entrada. Colección de monedas, billetes enrollados con formas exorbitantes, otros varios con algún tipo de significado para nuestra clientela que hacía una perfecta línea, impecable para completar el museo. Una colección de clientela, qué idea magnífica, excelente. Habría que conservarlos en plástico o en latas (también pertenecientes a nuestra colección), lo que fuera para impedir el constante movimiento de sus miembros rompibles. ¿Sería necesario acaso el consentimiento de cada uno de ellos? Absurdo, sería un acto de injusticia para el resto de los integrantes del museo que no fueron consultados para sugerir un método, un lugar de exhibición, y demás. También podrían ponerse exigentes acerca de los métodos e instrumentos que jamás son utilizados para limpiar y mantener con vida a los integrantes del museo, ya que dichos instrumentos también forman parte de él. Y por supuesto que, descontando el hecho de que seguramente con el tiempo y la humedad (también éstos formaban parte del museo de colección) ayudaran, ampliaran la proliferación de hongos, mohos, musgos y otros varios. Todo se dificultó cuando la clientela despertó de un letargo producido intencionalmente por nosotros. Comenzaron a exasperarse, a pedir explicaciones, ¡a correr hacia todos lados sin ningún tipo de respeto por nuestro trabajo en el que habíamos puesto tanto empeño, tantos años! La situación era intolerable (la agregamos a la colección de diversas situaciones). No nos quedó otra opción que convertir nuestro museo en una tienda (cuestión que también se tornaría intolerable, sobre todo debido a nuestro desagrado por negocios y tales, que no cabían en nuestra colección). Sin embargo podría haber funcionado. No entendimos nunca por qué falló aquella fabulosa idea que nos haría salir de la miseria en al que nos metieron nuestros clientes animados. Llegamos a preguntarnos si no habrían sido los espeluznantes comentarios tan poco demagógicos que circulaban por doquier, que fueron difundidos por críticos de arte, aficionados, otros grandes coleccionistas y el resto de la colección de humanidad. Nos llamaban mugrosos. Hipócritas, con qué derecho. Ni siquiera era arte, esculturas, retazos de memoria. No podrían haber acertado nunca.
Ahora se transformó en una tienda. Sí, en una tienda de colección de objetos cotidianos de todo tipo, totalmente insignificantes para el desarrollo de las vidas ajenas, pero de alquiler. Nos alquilábamos entre nosotros para hacer lugar a la creciente cantidad de integrantes del museo-tienda que se nos ofrece en forma de trueque, para costear el intercambio que supone el tráfico mercantil de cada uno de nosotros.
martes, 24 de febrero de 2009
Disparador
Se escuchó. Tibio, sordo, esperanzador. En aquella noche sofocante, el calor abrasaba los cuerpos. Eran cuatro. Todos pelados, colgados, las peladas colgaban hacia el costado, como si nada.
Sí, había sonado. Una vez. Se había confundido con los sonidos arrasadores de las motocicletas. Pero a nadie le quedaba dudas, era un disparo, ineludiblemente. Tenían que inventarlo para que saliera un tema de escritura. No toleraban más estar ahí, callados, a la expectativa, cada uno sumido en cavilaciones de toda índole. Los cuatro escribían sobre disparos y esos disparos, que eran cuatro, sonaban en ecos.
Uno tomaba su cabeza, exprimiéndola para encontrar la víctima de aquel disparo.
Otro, atento a su alrededor, buscaba la situación propensa para que se produjera aquel suceso.
La otra, masticando el bolígrafo, le sacaba punta a las causas, las motivaciones que habían conducido a ese hecho ya consumado.
Pero ninguno de ellos veía que la víctima de aquel disparo eran esas cuatro hojas en blanco que habían sido masacradas con palabras vomitadas, con balas de tinta consumiéndose.
La situación era aquella. Ese bar, con luz tenue, el reggae sonando de fondo, un suave murmullo en la parte trasera. Los bolígrafos en carrera, persiguiendo ideas que se escapaban. Los dedos inquietos, taladrando el vacío de argumentos. Los vasos vacíos, el culo de la cerveza. El cenicero apenas usado. Y las motos con vestigios de motor-disparo. Era aquel disparador.
La causa, las motivaciones. Un bloqueo comunitario. El vacío, ante la multitud de otras ideas. Pues los disparos tienden a producir una sensación de gran magnitud. Quién no tendría nada que decir frente a un disparo. Desde el más frío y violento, hasta el más piadoso y compasivo tendría que aludir a aquel hecho. Espectáculo de bárbaros, drama, tragedia, espanto, temor. Era el motivador, el disparador que todos precisaban.
La víctima: este cuento mutilado, sumergido en cerveza tibia, olvidada.
La trama: imposible divisarla, se la había ocultado detrás de todas las palabras, o se habían perdido en la embriaguez de la noche temprana.
El victimario: esta cabeza, pelada, colgando hacia abajo, el costado. Una soga de hilo sisal, precario, la somete. Así, colgada, pelada, destripada, esta cabeza fue capaz de producir aquel disparo, que sin embargo no ha sido escuchado aún.
El final: la cerveza derramada, nuevamente, la sangre chorreando sobre la hoja. Un jugo espumoso, carmesí, hundiendo las palabras que se esfuerzan por salir a flote para encontrar ese final esperado, que se esconde silencioso, detrás del sonido de una pistola muda. Este bolígrafo inmundo.
17/02/09
martes, 30 de diciembre de 2008
Mendiga
Se agota la saliva para tanta habladuría
Y es que pescan los guiones de diálogo
El instante imperfecto para romper las sogas
Que atan nuestros miembros insanos
Que salpican aterrados, procurando retener
Todas las sensaciones adentro y derramando
Hasta la médula inconciencias e incongruencias
Puras, puras demencias y hasta las ingratas respuestas
Que nadie sabe callar, pero todos callan.
Penetran entre insensateces los tímidos intermitentes
A unas manos rugosas, de médanos y nudillos
Sobresalen,
Pisan resbalando las aguas transpiradas de todos los trabajos recogidos
Y no aguantan más, submarinos entre sales y salas repletas de vacío
Y se acribillan las pupilas con ideas, y se amordazan los dientes
con discursos manchados de tiza y de sangre rancia, putrefacta
Gustan de habitaciones abiertas y de almohadones vestidos de fiesta
Pero las luces siempre desiertas
Titilan con tanta fuerza, temiendo futuras batallas, todas todas eternas
Y no habrá más cenas de gala, no habrá más fuegos, bengalas
Las sombras no se apoderan, poseen las luces adentro
Para luego, con lunas y soles, dominar el cielo
Para luego, con hierbas y peces, dominar
Para luego, suplir con engaños las sonrisas de ingenuos
Se agota la saliva para tanta habladuría
No hay más saliva, no hay más bocas abiertas
No hay más dientes amordazados
No hay
Hay una demencia, una sola, conjunta
Y una luz desierta
Con fuerza
Titila, tímida
No está de gala
Es mendiga y pordiosera
Pero no mísera, no
lunes, 3 de noviembre de 2008
Le inventamos un título

Teníamos miedo de lo desconocido. Sí, nos asustaba. Por eso tuvimos que empezar a nombrar todo. Era una sed insaciable. Le asignábamos título a lo que ignorábamos y a lo que nuestra memoria y cultura se dignaban a facilitarnos. Así fue que comenzamos a ser, a tener importancia. Lo que escapaba de nuestros sonidos organizados era inconcebible. Lo que pretendía exceder nuestras nomenclaturas era puro espanto. No pudimos con nuestro genio, hasta tuvimos que improvisar instrumentos para ampliar el lenguaje.
Antaño no sentíamos, ni pensábamos. ¿Éramos felices? No había tal concepto. Ni felicidad, ni sufrimiento. ¿Éramos? Seguramente no. Cómo podríamos ser sin conciencia de serlo. Aún más, no había conciencia siquiera de haber sido. Me atrevo a rectificar lo antes maldicho, no había memoria, tampoco cultura. ¿Animales? Cómo podríamos, los animales sienten. ¿Sí? Nosotros no sentíamos, nos prolongábamos en masas amorfas. ¿Tribus? No, tienen nombre y educación.
No pudimos conformarnos con movimientos y supervivencia salvaje. ¿Acaso no bastaba no sufrir? No. Para ser felices (y es a eso a lo que vinimos, según se encargaron de asegurarnos) tiene que existir su opuesto; de otro modo cómo lo advertiríamos. Entonces nacieron los sentimientos. No voy a detallarlos exhaustivamente, pues no alcanzarían estas hojas. Me limito a dar cuenta de que ingeniamos eso para enterarnos de que así íbamos a ser felices. ¿Otra vez con eso? Inevitablemente. Pues así nacimos, gestados en la infelicidad. Infelices para alcanzar las utopías que deseábamos. Y somos víctimas de todos los sentimientos. Pues con ellos, los juicios de valor.
Luego no bastó simplemente con sentir. Hubo que exteriorizarlo. Y qué si uno se rehusaba a sentir. Impensable (claro, los pensamientos también eran lenguaje).
Ahora no sólo hay que sentir, sino pensar los sentimientos (en palabras) y comentarlos cual chisme (para que se sepa que existen). Para qué. Para luego buscarle a esas palabras vagas e imprecisas una concreción que acumulara sus bastos y múltiples significados a una única acepción en términos perfectivos.
Sugestionados, opacamos toda transparencia.
03/11/08
Que no habrán de florecer

Cargando con pesadas cruces.
Resucitando en mis muertes pascuales.
Caminando sobre flores marchitas.
Regando jardines que no habrán de florecer.
Atravesando todo tipo de caminos.
Custodiando las fronteras de mis sueños.
Esperanzando contra las desilusiones.
Descentrando los núcleos de mis cuentos.
Aún prevalecés en mi mente.
Aún mis oídos se niegan a dejar de escucharte.
Aún la inmensidad de tu olvido me sofoca.
Aún sigo esperando a que te acerques.
Que me digas que ya todo pasó.
Que tu rencor se ha desvanecido.
Aún sigo esperando milagros.
Aún sigo esperando el perdón.
Una ráfaga de olvido.
Un trueno de memorias.
Un recuerdo a escondidas.
Un retorno, viejas historias.
Un no sé lo que siento.
Un miedo infinito al miedo mismo.
Un tiempo a destiempo.
Un futuro lejano que cae en abismo.
Una ilusión de extravío.
Un deseo de reencuentro.
Un pasado tormentoso.
Un contarte lo que siento.
Un no tenerte como amigo.
Un saber que estás muy cerca.
Un provocar que te he perdido.
Me obliga a someterme a tu equilibrio.
Que no quiero.
Intento de omisión
Había desechado lo que se trataba de nosotros.
Había sepultado las evocaciones al nombre.
Había fingido una historia basada en la indiferencia y el olvido.
Había encontrado la manera perfecta de inmolarme.
Había permanecido durante un año desterrada de mi órbita.
Había llegado a ocultarme lo evidente.
Había destruido la capacidad de pensarte y extrañarte.
Había asesinado los vestigios de lo que creía totalmente devastado.
Ignoro cómo, pero lo resucitaste.
08/01/06
miércoles, 8 de octubre de 2008
Apariencia
Desilusión. Era pasar todos los días saboreando el aroma. La frescura que conservaban, sin exceptuar las estaciones frías, ni las secas.
En medio del trajín, del alboroto, del apuro por esquivar maniquíes móviles. El zigzag constante para la supervivencia.
Empalidecen ante la sensación de completud que otorgaban en un instante. Permitir el deleite interno, aspirar el bosque en la ciudad. El degradé natural emanaba de ellas, puras, inmaculadas.
Tanta perversión tenían en un engaño indiscriminado. Habían sembrado la impotencia, ignorando los resultados de las narices peregrinas que caían ante tales perfidias.
Así era, les vertían perfume artificial a las flores.
08/10/08
domingo, 28 de septiembre de 2008
Retroalimentación

De aburrida nomás, por estar todo el día en la cama, decidí irme. Ya había intentado en varias oportunidades hacer un viaje. Cuántas razones lo impidieron.
Otra vez, entre tantas, por costumbre y comodidad, situé mi atención en la biblioteca. Hete que aquí se produjo el escape. El esqueleto seguiría inerte, envuelto entre almohadas y sábanas mutantes. Mientras, yo me dediqué a visitar literaturas. Fui tantas. Pasé de una a otra, escapando también de tramas. Refugiándome en oraciones (sobre todo en subordinadas) y me perdí en algunas estrofas recónditas de poesías horrendas.
Y llegué así al cuaderno en blanco. El que había utilizado para regalar miserias, obsequiar perfidias, borronear espantos, entregar al vacío la mente, atiborrar de silencios las hojas. De los que siempre sobraron.
Y llegué así a presenciar mi propia ingesta. Porque era allí: esqueleto (entre almohadas y sábanas mutantes), cuaderno en blanco (el que había utilizado para regalar miserias, obsequiar perfidias, borronear espantos, entregar al vacío la mente, atiborrar de silencios las hojas; de los que siempre sobraron) y era, sobre todo, devorada por unos escritos que no habían existido. Siquiera en la mente, siquiera tatuado en el cuerpo.
Y me devoré a mí misma, saboreando la sosera, el aire que me colma, la nada que me invade, el cerebro seco, la piel gastada.
Cómo resistir. Sin poder evitarlo, me volví a vomitar.
27/09/08
sábado, 27 de septiembre de 2008
Incontinencia

Aprieto
Un poco más, más fuerte
No suelto, no
Estrujo contra los puentes
de la incontinencia toda:
tener fiebre
ser enfermedad del cerebro
padecer de una espalda chueca y unas patas cluecas
erigirme sobre el viento para cantarnos
soltar, entonces, las bisagras
puras bisagras que no saben cerrarse
lunes, 22 de septiembre de 2008
Dejame

Dejame:
Saberte lejos de mí sin rencores
Sentirme cerca de vos sin presiones
Vivirnos nuestras vidas en paz
Sernos felices y complacer mis libertades, que son lo único al fin y al cabo
Poderte contar nuestras cosas sin clavarme en una cruz
No serte cruel frente al mundo
Pedirte un mísero perdón si es que te existió alguna vez una gota de cariño
Pensarte un recordable agrado en mi futuro
Seguirte siendo pasado sin olvidar mi presente.
13/01/05
domingo, 21 de septiembre de 2008
Equinoccio
Estúpida primavera que se atreve a inundar los árboles de hojas, las plantas de flores, las plazas de cursis empedernidos.
Estúpida primavera que se atreve a llenar de colores insulsos los inviernos apenas incipientes en algún ser.
Estúpida primavera que se atreve a pavonearse con sus aromas frutales o sus soles cálidos e insípidos.
Estúpida primavera que se atreve a todo, menos a dejarme con el invierno, mi invierno, el único frío e inútil que comprende, que sabe vestir a una mujer, que sabe peinar los rizos del pretérito, congelando la memoria, obligando a sumergirse bajo los acolchados que tan bien protegen del sol estas pieles sensibles, estos pulmones colmados.
Estúpida primavera
21/09/08 --> estúpida primavera
Consulta vana
Y me pregunto, hoy y una vez más, ante todos, ante esta pantalla aborrecible: qué he de plantear ante los impulsos tan salvajes, la conciencia tan perdida, la vista tan borroneada, el espíritu pisoteado. Y me pregunto, hoy y una vez más, ante todos, ante esta pantalla aborrecible: a qué recurrir cuando ya no hay emociones, cuando solo queda en algún rincón escondido, un vestigio olvidado de todo lo que pudimos haber sido. Ante la humanidad me cuestiono los orígenes de esta pereza arraigada a los huesos, de esta apatía galopante entre noches y mañanas absurdas, de esta insignificante agonía perpetua, de este rechazo inherente a la raza (humana), de esta pérdida progresiva, aniquilante de algún instinto de conservación.
Pisoteado, sí.
Aunque debería ser un signo abierto
¿
Así, sin cerrar
No espero respuesta
Pues sé que no la hay
21/09/08
viernes, 12 de septiembre de 2008
Espasmo

Una tiranía somnolienta que invade la congoja. Una percepción de un nadie, hacia una nada, hacia un invento de la memoria. Para qué engañarse a conciencia si es inútil. Para qué instigar al instinto que intente no comprender las causas. Para qué obligar a estos órganos a sentirse útiles, a sentirse plenos, si aún son tan inocentes como para llevar a cabo esa tarea. Para qué pensar en la compañía, si es la soledad la única que implica una compasión que integra, que aborrezco. La salida, la primordial novia de estas páginas, de estos lápices rotos.
Qué probamos. Qué queríamos demostrarnos. Acaso nuestros cuerpos fusionaran todo eso que tus acordes y mis escritos no compartían. Qué insolencia imaginar un futuro, cuando el pasado gobierna los ayeres y el mañana está exento de calendarios. Porque no coinciden nuestros calendarios, nunca lo hicieron. Ilusa. Permanecer a la sombra de la cordura, del sentido común. Los labios no están preparados para gustar de otros labios, para enseñar a conocer las geografías de alguna comisura escondida entre los dientes del espanto. Si tus manos están hechas para modelarlas sobre otros instrumentos, no te atrevas a tocar por dentro estos instintos tan mal entrenados para responder inseguros a tu llamado siniestro de cariño.
Aselvado, sos de otra especie, tus lianas me engañaron. Tu ciudad y tu campo en el pelo y en la sangre. En el sueño inhumano, en este otro más humano. Porque te entiendo, comparto, nos aborrezco, agonizando por ninguno. Y me asalta la exigencia de escuchar tu insensibilidad para creerte enterado de mis vacíos.
08/09/08
martes, 2 de septiembre de 2008
Tapujos

Todos enmascarados de blanco, vestidos con túnicas blancas y guantes blancos. Sentados en semicírculo.
Magistrado:─Damos inicio a la sesión del día de la fecha. Asistente, le cedo el honor de hacer la lectura que concierne a la presente reunión.
Asistente:─Con mucho gusto ─toma el cuaderno que se encuentra en el centro del semicírculo─. Henos aquí para tomar conciencia y una decisión respecto a ciertos acontecimientos que han transcurrido, a los que les otorgamos la categoría de “inmorales actos de perversión pública”. Se convoca al acusado en cuestión a concurrir y explicar las causas de tales hechos que nos abochornan como sociedad.
Se acerca el acusado, vestido de igual forma que el resto. Se dirige directamente al centro del semicírculo, se queda allí parado, dando la espalda al mismo. El asistente, aún en posesión del cuaderno, comienza a anotar acelerado cada detalle de lo que sucede.
Acusado:─Estoy dispuesto a soportar el peso de la ley que recaiga sobre mí.
Magistrado:─Precisamos que nos dé los argumentos suficientes para llevar a cabo tal castigo. Asistente, por favor, lea la transcripción del delito que este personaje ha cometido de manera tan desvergonzada.
El asistente se apresura a obedecer la orden.
Asistente:─El señor aquí presente ha tenido la osadía de caminar por las calles principales del pueblo con el rostro totalmente descubierto. Exhibiendo, sin ningún tipo de reparo moral, los atributos más desagradables del ser.
Las mujeres del semicírculo, hasta el momento totalmente silenciosas, sueltan un gritito sordo y cubren sus blancas máscaras con la blancura de sus manos enguantadas.
El acusado que aún permanece en el centro, se arrodilla, siempre mirando hacia delante, y se inclina en posición de súplica. Los demás permanecen impasibles.
Magistrado:─Exprese ahora las motivaciones que lo condujeron a cometer tal atrocidad─con repulsión─.
El acusado se reincorpora y permanece de pie.
Acusado:─Oh… Es que… es ese frescor que se cuela a través de estas vestiduras. Si ustedes supieran…
Magistrado:─Responda
Acusado:─Se siente tan bonito…
Magistrado:─Las razones─cada vez más impaciente─.
Acusado:─Esos libros…
Magistrado:─¡¿Cuáles?!─ya muy exasperado─.
Acusado:─Esos─señalando en dirección a la biblioteca colocada a la izquierda─. Son tan… Y los deseos de andar por ahí, sin estas cárceles en la cabeza. Ah, deberían probarlo.
Las mujeres repiten el gesto de desaprobación y una deja escapar un triste: “Está loco”.
Magistrado:─No sea inconciente. Esos libros son los más leídos y respetados. Ningún otro que haya pasado por encima sus honrosos ojos, ha tenido por bien andar paseándose desnudando el alma de tal calaña.
Acusado:─Y las máquinas, señor, las máquinas…
Magistrado:─¿De qué habla, demente?
Acusado:─De la mente. De todos estos jóvenes─señalando hacia adelante─que cubren sus penas, vergüenzas, crueldades y desquicios con sombrías y perfectas piezas diseñadas todas por igual, fabricadas en la industria de la “normalidad”─con una mueca de desprecio─. Así es. ¡Hay que esconder la porquería, meter la basura debajo de la alfombra!
─¡Está teniendo un ataque!─suelta una de las mujeres, con un hilo de voz temerosa─.
El asistente se apresura a escribir todo en el cuaderno, sin perder detalle. Los demás, quietos. El acusado parece tranquilizarse.
Acusado:─Permítanme explicar: estas vestiduras que he llevado toda mi vida y tan bien se han adaptado a mi piel, me sofocan, me impiden respirar. Ustedes notarán que sus pieles se han fusionado con el material cruel de estos trajes y carceleros. No habría manera de evitar el dolor si repentinamente alguien les arrancara su cubierta. Lograría observarse la carne roída por un ácido terrible, el de sus decoros. Aunque así, me concedo la certeza de atinar cuando propongo que algunos pocos conservan la piel intacta y dispuesta.
Súbitamente, se acerca a dos de las mujeres encubiertas y les arranca de un manotazo las máscaras. Éstas desconcertadas, miran alrededor. Una de ellas, colorada, así como la predicción del acusado, con la piel prácticamente roída, se cubre el rostro, no pudiendo soportar la luz, los colores, el pudor. La otra, maravillada, sonríe, gira la cabeza de un lado a otro, comienza a exaltarse.
El acusado también se desenmascara, se quita los guantes. Toma de la mano a la desenmascarada, sonríen ambos, caminan hacia la multitud y se pierden entre ella.
El resto de los del semicírculo queda silencioso, igual que antes, frente a aquel espectáculo.
El asistente deja caer la mano con la lapicera sobre el suelo.
Magistrado:─Camisa blanca, servicio al cuarto, vista al vacío y una ración diaria de pastillas.
Los demás aplauden entusiastamente.
02/09/08
lunes, 25 de agosto de 2008
Engendrados
Y no hablo con palabras de desamor, de desconsuelo. Hablo callando con todo el ser. Callo las sílabas que nadie anhela oír. Construyo discursos con el cuerpo (alguno, acaso importe cuál). Desespero al leer, en otros cuerpos, artimañas; y aún así, primogénita del propio vientre, que paro de forma constante. Ardua tarea la de parirse, más aún sin haberse concebido. En extremo, sin siquiera prurito ni solicitud. Qué decir de la espera. Entre tanto parir y abortar (me) en ideas, paro unos otros… para perdernos y encontrar ahí, surgiendo de entre unas piernas, cada día, una nueva. Novísimos, entre novelas, vanguardamos estos movimientos. Será escarbando, pujando por otra estirpe, sin concebir y, más aún, sin exhalar.
25/08/08

